Graciela y Francisco

 Graciela y Francisco, 

son dos obreros que habitan en la ciudad

y quedan un domingo en una cafetería 

para charlar y comenzar a conocerse. 

Al llegar a la puerta del lugar convenido, 

él alaba la belleza de ella 

y ella sonríe ceremoniosamente

siguiendo un ritual de cortejo convenido, 

una suerte de algoritmo matemático 

que el amor prosaico 

convierte como corolario 

en dos cuerpos yuxtapuestos, 

al anochecer. 

Al entrar en el recinto,

nadie se atreve a hablar primero,

y él le cede a ella 

con un formulismo acordado

la primera petición. 

La camarera los mira divertida 

y se atreve a bromear 

sobre su intento romántico,

sobre el viaje que en la antesala,

ya comenzó. 

Mientras hablan,

los miro de reojo, 

y agudizo mi antena para captar 

la conversación. 

No faltan los lugares comunes, 

la biografía, la geografía, 

la realidad y la ficción. 

No faltan esas mentiras azucaradas,

porque si no,

no habría un corolario,

una consecuencia,

de geometría humana,

en horizontal posición.

Al salir,

ya salen de la mano. 

Algodones dulces,

les esperan,

hasta que lleguen al desierto

y no sepan manejar el dolor. 

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