Hoy habrías cumplido ochenta otoños.
Llueve en Madrid,
pero la ciudad queda más limpia
tras el agua en las aceras.
Desde mi torre-vigía
del úndecimo piso
de uno de esos bloques
con forma de caja de zapatos
que abundan en la ciudad,
se observa el mapa de luces de colores
que la noche ya compone.
El almanaque marca
una fecha que resalta por sí misma,
como en el cartel de uno de esos
teatros que hay en la gran vía
con rótulos compuestos por el brillo del neón.
Esta fecha
es la de tu nacimiento,
un veinticinco de octubre.
Recuerdo cuando me trajiste cuando
tenía 12 años, y tú unos 50.
Nunca había caminado
por avenidas tan repletas de gente,
y nunca había estado
en habitaciones de hotel
desde donde se divisaba
a los viandantes
como partículas pequeñas
en suspensión en el seno de un fluído.
Visitamos museos, teatros, monumentos históricos.
Y me sentí diminuto al cruzar contigo
el umbral que separaba
la vida tranquila de las ciudades del sur
con el torbellino de la capital
y sumergirme en el laberinto
de cronómetros y pasadizos que
a día de hoy sigo descifrando.
Años más tarde y desde este anónimo retiro,
te recuerdo,
con tu grandeza, con tu elegancia,
con tus imperfecciones y con tus contradicciones,
diciéndote lo mucho que te echo de menos,
y todas las cosas que no te he contado
en todos los años desde que no estás.
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