En su monarquía solitaria,
como nos diría René Char,
todavía exhibe viejos destellos,
de los tiempos cuando todo era triunfo.
Una brillante carrera,
el matrimonio correcto,
la casa en la playa,
las hijas a esquiar
y en colegio de monjas.
El primogénito varón orejeras y tú no digas nada.
Todos son amigos del gran campeón.
Sin embargo, en los flashes de las cámaras,
algo se distingue en el gesto de su esposa.
Una tristeza antígua se deposita en su mirada.
El mundo victorioso tiene sus contrapartidas.
Amigo del político, del banquero, del cuñado
al que agasaja
con suculentos manjares en las fiestas navideñas
y vinos buenos para acompañar
la llegada repentina de un año nuevo.
Nadie habla ya de su amante de décadas,
del estudio como casa paralela,
de dos mundos que se saben conocidos,
pero que no se tocan en ningún punto
por permanecer productivamente ajenos.
Sus facturas están todas pagadas.
La vida de sus hijos y el sustento, garantizados.
Los sobrinos, fotografiados en el día de su primera comunión.
¡Loa al gran Ludwig, rey triunfador!
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