Cuando viniste al mundo,
nadie te avisó de qué trataba el juego,
ni en qué tablero
discurría la partida,
quién con piezas blancas,
quién con piezas negras
y en qué mesa tendrá lugar.
Mientras te deshacías de cordones umbilicales,
y encontrabas la luz en la habitación espaciosa,
distinguiendo las voces conocidas
a las que, paulatinamente,
les ibas poniendo cara,
se oía ese leve murmullo
de ciudades aburridas,
donde la gente se detiene
a atrasar el reloj.
El aprendizaje no sería sencillo.
Los primeros años
pasaron veloces.
Después vino el colegio,
los primeros charcos en los días de lluvia,
las botas caladas,
juntarse en el brasero,
y de noche doble manta.
El paisaje hermoso
no curaba heridas
ni hacía sanar
dagas bien clavadas.
No te educaron para
reconocer
lo que te dolía, para perdonar
sino para avanzar
como infantería
de un ejército perdido en
un laberinto
que fuera a dar de bruces
contra el proceloso mar.
No había remedio.
Mientras que crecías,
ibas huyendo.
Siempre se te dió bien,
ser ese fugitivo,
que busca una coartada
para no afrontar.
Mas hoy frente al espejo,
que ya te has conocido,
pues te sabes de carretilla y al detalle,
todos los fracasos, todas las derrotas
que te infringió la vida,
has vuelto a renacer,
porque hay gente que te quiere,
y que no te olvida,
pase lo que pase,
aunque no haya un mañana,
nieve ni aguacero,
ni un punto final.
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