Abuela, hoy vine a agradecerte
pues no he podido o sabido
hacerlo en estos años.
Por suerte te hemos tenido
como referencia y garantía,
como presencia siempre silenciosa y fiel,
como la manta que necesitábamos,
los que se morían de frío y
estaban sin refugio.
Es verdad que tu educación sentimental era otra
y quizás me habría gustado
que me dieras más besos y abrazos
pero me ayudabas con las tareas de la escuela,
y hablabas bien de mí
delante de las visitas.
Siempre me defendías en público,
y aunque no lo decías,
me querías mucho.
Con tu protección,
aprendí a ser valiente.
Cuando ya no te movías,
te hacía la cena, y te consolaba
en esos trances
donde te sentías incómoda y frágil.
Eras nuestro escudo
contra la oscuridad de la larga noche,
contra el gélido aire sideral de las aceras,
contra las muertes prematuras
de animales apaleados
por la siempre cruel y despiadada realidad.
Estás siempre en el recuerdo,
y aunque no te lo he dicho últimamente:
Gracias por todo, Abuela.
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