"no es oro todo lo que reluce", refranero español
aprendí de los paseos nocturnos con mi madre
viendo los escaparates de las tiendas del centro de Granada,
que en la sociedad en la que con todo se comercia,
de la definición de producto - mercancía
dispuesta para su consumo
con la consiguiente presentación,
nada es lo que aparenta ser
y que las verdades mayoritariamente asumidas
no son del todo verdad,
pues basta escarbar
un poco para comprobar la calidad de un tejido,
o la robustez de una chaqueta con apariencia
de robusta.
En muchas ocasiones,
nos dejamos llevar por las grandes iluminaciones,
las luces de neón de determinados establecimientos,
sus grandes esfuerzos por hacerse un nombre,
o por la garantía incuestionable de una marca registrada,
pero lo que subyace a la bondad del producto
es su esencia, no la parafernalia que lo adorna
¡obvio! ¿no, estimado lector?
Pero no es tan obvio, porque muchos creen
en lo que ya está establecido de por sí sin cuestionar
abiertamente lo que es una mercancía de calidad. Es un objeto
manejable, manipulable, moldeable, asumible,
y no crea problemas serios de conciencia
que nos invitarían a cambiar paradigmas
y estructuras.
Hasta si le preguntáramos a los maniquíes,
naturalezas al mismo tiempo vivas y muertas,
de material sintético,
nos contarían historias para aburrir
sobre los entresijos de la profesión.
Es fácil oir comentarios diversos:
Muchos hablan de lo mal que está el comercio,
pero siguen practicando los mismos hábitos de la estafa
y la usura material y espiritual,
rogando a Dios en las alturas
de la misa dominical
mientras mienten como bellacos
durante la jornada semanal,
buscando culpables
y responsables causantes de los males mayores
de un sistema,
que es un problema en sí mismo,
porque está corrompido.
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