Ecos de espadas

 Ecos de espadas
resuenan todavía
y retumban sobre la paz
establecida.
Ese árbitro que te condena en tu interior
es sola una voz que hay que apaciguar.
Ahora te identificas
con todos los personajes que nunca las empuñaron
(protagonistas televisivos, de best-seller para juventud, etc)
mientras simplificas mentiras ante tu espejo,
creyéndote un gran héroe medieval,
o el último jedi,
practicando la megalomanía
propia de un narcisismo de circunstancias.
Al visitar la aldea derruída de la infancia,
casi no te queda gasolina
para tu coche de carreras,
pero continúas por puro amor propio,
y sigues sin asumir lo que de veras te duele,
dando por bueno todo lo ocurrido,
todo lo anterior.
Afronta, mientras escuchas música de bandoneón.
Estás solo, ante la rotundidad del verso,
ante la civilización fratricida
y depredadora.
Asume, que no hay más verdad que la queda ratificada por la experiencia,
ni más palabra amable que la que surge de tu interior.
Los ecos de espadas no vienen de sótanos de museos nacionales
ni son relatos de historia-ficción.

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