Seguros Divina Pastora

Los curiosos del lugar todavía recuerdan
esta historia de Granada.
Los escépticos dirán que me lo invento.
Los malvados predicarán
diciendo que la envidia me corroe.
Los chistosos me inventarán un mote nuevo.
La realidad es que cuando los manipuladores entran en acción,
enarbolan la bandera de la subjetividad
para decir que todo es falso,
y que desean restituir su honra malherida
en módicos duelos al amanecer de una idea.
Érase una vez un famoso arquitecto de Granada.
Mi abuelo creyó que hacía gran negocio
al casar a su hija con tamaño protohombre.
Ya saben cómo funciona la lógica de las ciudades pequeñas.
Pues este señor correcto y educado,
un padre ejemplar,
se las daba de ésto y de aquéllo,
era un prepotente fenomenal.
En el estudio donde tenía lugar su catedralicia obra,
tenía un ligue
y una vida paralela,
costumbres del lugar.
La sufrida esposa,
se esforzaba por continuar siendo delgada,
y a las niñas educarlas
en las buenas maneras.
Así el gran Ludwig campaba a sus anchas,
como un monarca decadente,
en la ciudad.
Mi abuelo fue a contratar
una póliza a Seguros Divina Pastora,
y le dieron gato por liebre
en la sucursal.
Con la moral paternalista por los suelos,
el patriarcado hacía aguas
por no saber cómo la política matrimonial gestionar.
Aquel eminente arcipestre,
había perpetrado la enésima traición
a una familia de buenas gentes.
¡Qué coincidencia y ruindad!
Al valeroso Cid hizo falta llamar.
Pero resultó ser que no hacía horas extra.
Por eso, nos tuvimos que tragar
otra historia lacrimógena más.
¡Qué fatalidad!

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