En tu movimiento y en tu cadencia,
caminas por las calles lentamente.
Raras veces
te encuentras con presencias
no deseadas
y entonces
tu mano se desliza rápidamente
hacia tu pelo
escondiendo
alguna que otra palabrota
que silencias
por no contaminar el ambiente
más de lo debido.
Pero el 'mal rato que ibas a pasar'
dura menos de lo que habías creído.
Ese señor que te fastidia la paz
ha desaparecido,
tras un semáforo que está en verde,
y que cruzar al otro lado de la calle
le ha permitido.
¿Alguien se preguntó si aquel señor
tras gorra y gafas oscuras
mascullaba una pena
o se sentía herido?
¿No somos todos partícipes
de algún que otro sangriento destino?
Hay semáforos que nos salvan
de embarazosos encuentros,
pues a falta
de palabras que se han de decir,
la mímica y la gestualidad
inducen a una violencia inusitada,
más allá de lo establecido.
En el epílogo moral,
se descifra un mensaje enterrado y cautivo:
Que otros brazos te acojan,
que otras palabras te entiendan,
que haya bienvenidas y adioses,
que continúe la vida
y que nos encuentre vivos.
Que siempre recuerdes
las tiernas palabras
que a tu escritorio envié
envueltas en un pergamino,
rociadas con el perfume de las rosas,
que en el jardín no habían crecido.
Asfalto, deseo y realidad.
Hay fronteras que no han desaparecido.
Que haya libertad de conciencia sí,
que cada cual asuma las consecuencias de lo vivido.
Lo que es menos tolerable
son las posiciones ventajistas
de los que desordenan una habitación
una casa, un salón, y, salen corriendo, acto seguido.
caminas por las calles lentamente.
Raras veces
te encuentras con presencias
no deseadas
y entonces
tu mano se desliza rápidamente
hacia tu pelo
escondiendo
alguna que otra palabrota
que silencias
por no contaminar el ambiente
más de lo debido.
Pero el 'mal rato que ibas a pasar'
dura menos de lo que habías creído.
Ese señor que te fastidia la paz
ha desaparecido,
tras un semáforo que está en verde,
y que cruzar al otro lado de la calle
le ha permitido.
¿Alguien se preguntó si aquel señor
tras gorra y gafas oscuras
mascullaba una pena
o se sentía herido?
¿No somos todos partícipes
de algún que otro sangriento destino?
Hay semáforos que nos salvan
de embarazosos encuentros,
pues a falta
de palabras que se han de decir,
la mímica y la gestualidad
inducen a una violencia inusitada,
más allá de lo establecido.
En el epílogo moral,
se descifra un mensaje enterrado y cautivo:
Que otros brazos te acojan,
que otras palabras te entiendan,
que haya bienvenidas y adioses,
que continúe la vida
y que nos encuentre vivos.
Que siempre recuerdes
las tiernas palabras
que a tu escritorio envié
envueltas en un pergamino,
rociadas con el perfume de las rosas,
que en el jardín no habían crecido.
Asfalto, deseo y realidad.
Hay fronteras que no han desaparecido.
Que haya libertad de conciencia sí,
que cada cual asuma las consecuencias de lo vivido.
Lo que es menos tolerable
son las posiciones ventajistas
de los que desordenan una habitación
una casa, un salón, y, salen corriendo, acto seguido.
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