mi madre era mi héroe

Aunque tenía sus días, y a veces parecía un lago solitario y frío rayente en el dolor, mi madre era mi héroe. Aunque a veces la buscaba y era complicado sacarla de esa pose bien estudiada de profesora veinticuatro horas, mi madre era mi héroe. Me enseñó la ciudad, juntos caminábamos por calles solitarias en las que me sentía único. Me ayudaba con trabajos de lengua e historia. Recuerdo que la maestra en 2º me regañó por no haber terminado el cuadernillo de Matemáticas. Nunca lo acabé aunque siempre se me dieron bien. Me llevaba a talleres de arte en edificios curiosos.
En la contrapartida, la héroe me contaba sus batallas y yo las hacía propias, con el desconcierto propio de la infancia al no saber cómo reaccionar frente a tales asuntos. Lo que era indudable, era que se sentía muy sola y yo era su paño de lágrimas, el abrazo que nadie le daba y que necesitaba como el terreno seco necesita la lluvia.
Y claro, fui un niño mimado a ratos, ignorado a otros, pero ante todo un niño que ante la desatención inventaba historias para jugar y, ante el despego y las carencias afectivas de la adolescencia, pequeños confinamientos ante una televisión en la que dar rienda suelta a la fantasía erótica como mecanismo evasivo. Pese a todo, mi madre era mi héroe y con ella aprendí a cocinar, a realizar tareas de la casa con el hilo musical de grandes compositores.
Con ella aprendí que el amor es entrega y sacrificio, una antígua militancia de la que uno no puede renunciar. Gracias Mamá, que la tierra y el cemento te sean leves.

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