El diálogo contra el Muro - Der Dialogue gegen der Mauer

Aquel no era un diálogo, era un monólogo:
Alfred caminaba todas las tardes
a la explanada cerca del Muro.
Allí se quedaba apesadumbrado
por la carga vital que acarreaba
y comenzaba su letanía
cargando contra una cierta
pareja liberal del oeste
que, según él, había dejado
un inmenso poso de tristeza
en su corazón debido
al feroz egoísmo demostrado
en una intensa y desgastante,
nada reconfortante relación.
Le habían acusado de los más
flagrantes desmanes.
Le habían disparado
balas que apuntaban
a lo más profundo.
Sin embargo,
lejos de apartarse y mirar hacia otro lado,
Alfred les embestía verbalmente
de mil formas distintas,
prisionero de una rabia antígua,
ejemplar miembro
de un ejército lleno de una cólera
de sobra conocida.
Ellos, los importantes,
creían ser justos.
Daban lecciones de equidad.
Habían fabricando una marca
y tenían la patente registrada.
Y no hay algo que más rabia le diera a Alfred
que observar su pose
de dignos propietarios burgueses
que presumían de progres,
dando clases desde su altar de las élites ciudadanas
y solidarizándose
con las desfavorecidos,
mientras desordenaban,
oops, se siente,
hogares.
También Alfred se conocía:
No era el modélico Alfred,
ese protohombre estoico que quería ser
desde que leyó a Sócrates,
pero que siempre se quedaba
a medio camino,
cuando le atacaban de frente
el vino y la lujuria.
El paseo que cada atardecer
lo llevaba frente a aquella pared
de piedra grafiteada,
le hacía sentir bien.
No le valía de mucho intenta limpiar su conciencia
cargando contra
seres que conformaban
ecos de realidad, fantasías programadas,
y ficciones aumentadas.
Frau und Herr
dos personajes inventados pero no,
ya no eran más que un mal recuerdo,
una mala memoria que le había servido
para asumir muchos procesos no resueltos
de la infancia.
Por tanto, necesarios en el contexto para desanudar
el nudo, para desmontar la tramoya
y seguir adelante.



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