Recuerdo el mediterráneo en Septiembre:
la playa solitaria,
el viento de poniente,
la mar encrespada que recordara a un hombre
que va cumpliendo años y se va volviendo un poco arisco.
Los escasos veteranos pescadores
remendando las redes malheridas
tras la tarea cotidiana.
Me viene a la memoria: La geografía incompleta de los llanos de Carchuna,
cabo Sacratif con su faro,
montículos arenosos en la parte posterior,
llenos de invernaderos,
donde se divisa un
paisaje de plástico y
comienza un
desierto en el que recobrar la calma y la paz.
Ahora que no es Septiembre:
Observo la ciudad solitaria,
la lluvia tras los cristales,
la pulcra luz de los atardeceres de primavera,
mientras prosigue el estado de alarma
dictado por las autoridades.
Parece como si el coronavirus
hubiera venido a sacarle los colores al sistema,
a detectar sus debilidades, sus contradicciones y
sus inconsistencias.
También a decirle al Mundo ambicioso que cese
en su velocidad,
y reflexione sobre qué está haciendo.
Cabe repensar
a los clásicos, reescribir a los contemporáneos,
redibujar la escena política.
Pero sobre este último asunto,
no sean optimistas.
La realidad nos demuestra
que el ser humano que ayer
empuñaba armas,
destruía ciudades,
o endeudaba países enteros
para su posterior consumición,
permanecerá mañana.
Porque hay sistemas que se resisten a cambiar,
y mueren por puro instinto de conservación.
La historia lo demuestra. La gran pregunta es:
¿Qué estamos aprendiendo de todo ésto?
¿Qué lecturas sacamos de un panorama bélico y pre-bélico a escala global?
¿Quienes somos? ¿De qué materiales estamos hechos?
¿Por qué no rectificamos de una vez por todas en nuestras tendencias seculares de dominación y expolio?
Ahora que no es Septiembre, resistamos hasta desfallecer.
la playa solitaria,
el viento de poniente,
la mar encrespada que recordara a un hombre
que va cumpliendo años y se va volviendo un poco arisco.
Los escasos veteranos pescadores
remendando las redes malheridas
tras la tarea cotidiana.
Me viene a la memoria: La geografía incompleta de los llanos de Carchuna,
cabo Sacratif con su faro,
montículos arenosos en la parte posterior,
llenos de invernaderos,
donde se divisa un
paisaje de plástico y
comienza un
desierto en el que recobrar la calma y la paz.
Ahora que no es Septiembre:
Observo la ciudad solitaria,
la lluvia tras los cristales,
la pulcra luz de los atardeceres de primavera,
mientras prosigue el estado de alarma
dictado por las autoridades.
Parece como si el coronavirus
hubiera venido a sacarle los colores al sistema,
a detectar sus debilidades, sus contradicciones y
sus inconsistencias.
También a decirle al Mundo ambicioso que cese
en su velocidad,
y reflexione sobre qué está haciendo.
Cabe repensar
a los clásicos, reescribir a los contemporáneos,
redibujar la escena política.
Pero sobre este último asunto,
no sean optimistas.
La realidad nos demuestra
que el ser humano que ayer
empuñaba armas,
destruía ciudades,
o endeudaba países enteros
para su posterior consumición,
permanecerá mañana.
Porque hay sistemas que se resisten a cambiar,
y mueren por puro instinto de conservación.
La historia lo demuestra. La gran pregunta es:
¿Qué estamos aprendiendo de todo ésto?
¿Qué lecturas sacamos de un panorama bélico y pre-bélico a escala global?
¿Quienes somos? ¿De qué materiales estamos hechos?
¿Por qué no rectificamos de una vez por todas en nuestras tendencias seculares de dominación y expolio?
Ahora que no es Septiembre, resistamos hasta desfallecer.
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