Poemas de la ciudad fantasma (3)

Es triste encontrarse contra el muro de la incomprensión,
pero todavía más triste es no intentar derribarlo.
Uno se acerca de buen grado a seres
de siempre queridos:
descuelga un teléfono,
marca un número y, al otro lado,
nos reciben
con su metálico saludo afilado.
Ellos, que reprochaban,
la escasa militancia a una idea llamada familia.
Ahora deciden adoptar el desvínculo,
cuando ese era el postulado nuestro de partida.
¿Para qué fingir lo que se nos escapa?
La expectativa era demasiado alta...
Seamos valientes y dígamoslo bien alto:
Adiós ilusiones en formato technicolor de la infancia.
Hola gris incertidumbre de ciudades del sur,
cada vez más lejanas.

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