Grace

Grace miraba desde su azotea la ciudad compuesta por un sinfín de elementos: edificios de muchas formas, gentes que caminaban, cruzaban una calle para ir a la parada de autobús o simplemente miraban cómo el tiempo pasa con su ritmo irreverente. En la quietud de los árboles, se distinguía una tristeza histórica sólo confrontada por el primer rayo de un sol que hacía acto de aparición en la mañana de Abril.
En sus ojos cabían muchas historias. Construían un pozo profundo por el que navegar hasta el último de los subterráneos. ¡Cuántas verdades y mentiras habrían visto hasta la fecha! Las decepciones que abundan, los fracasos olvidados, la luz que se destila del fondo de sus pupilas y agranda su hermosura.
Grace contemplaba Montevideo, no como a una ciudad cualquiera. Lo hacía, con el tiempo y la calma que le otorgaban la profunda sabiduría en la ciencia del vivir. Por un instante, cerró los ojos e imaginó aquella tierrita donde jugaba de niña junto a sus amigos de la escuela. Bendijo todas las veces que había sido feliz y comenzó a cultivar una plantita, para recordarle todas las cosas, y las cosas que no eran cosas, y que realmente le gustaban.

Comentarios