El texto de un comic

Consejo antes de su lectura; Contémplelo con ironía. ¡Lo disfrutará más!

¡Año 9059! Sí, no me pregunteis por qué, pero tiene pinta de número primo. No es divisible ni por 2, ni por 3, ni por 5, ni por 7, ni por 11 ni por 13 y así sucesivamente...
¡Año 9059! Vivía en un ciudad sitiada por una enfermedad mortal llamada coronacircus versión 99, un pequeño "superhéroe" cotidiano que se atrevió a saltarse las normas establecidas y caminar desde su casa en el barrio de la concepción hasta plaza de castilla. Se iba resguardando tras los arbolitos cuando apreciaba las luces azules de los coches policía y andaba deprisa sólo fijándose en otros "superhéroes" de barrios altos que paseaban a sus lindas mascotas, hablaban con sus vecinos en las puertas de sus espléndidos chalés, en paseos llamados con nombres de frutas (de los cerezos, de los plátanos, etcétera). Estos lugares responden a esa arquitectura poligonal y aburrida que se articula en torno a paralelepípedos parecidos a cajas de zapatos. En dicho emplazamiento, había zonas que recordaban a los viejos barrios de siempre con sus calles alabeadas en las que no faltaban una pista deportiva municipal, un taller mecánico, o una administración de lotería junto a una vetusta cafetería, donde obreros y oficinistas de cualquier condición parasen a vivir unos minutos de tensa armonía antes de retomar la ardua y metálica tarea, en los días en lo que todo y absolutamente todo no estuviera cerrado.
El gran acto heroico fue pasar por embajadas de países amigos como Rumanía, Cuba o Venezuela, y no realizar actos vandálicos ni invasiones solitarias, sino agarrar una catapulta y disparar caramelos de fresa y otros sabores, vulnerando acuerdos internacionales y pactos de no agresión con dulces.Mire: No prosiga usted, que me empalago.
Mientras la gente en sus casas enloquecía lentamente. Síntoma de ello es que se apuntaban en masa a cursos de croché por internet, a bailar a las 7 el aserejé por tik tok mientras pulían su agenda de actividades muy productivas. En esos instantes, al otro lado de la muralla del mundo oficial, uno de tantos superhéroes de la humanidad enmudecía de gozo al terminar su paseo de 7 kilómetros frente a los torres Kio llegando desde Mateo Inurria sin que las fuerzas de la autoridad lo parasen ni le pidieran el documento nacional de identidad.

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