Poemas de la ciudad fantasma - Comienza la saga

1) Era Marzo,
y llovía.
La ciudad permanecía impávida
y asombrada
ante el espectáculo circense
y la escenificación de una pandemia.
La gente moría, pero no mucho más que antes.
Los mass media alertaban con cifras,
y los eruditos televidentes
hacían sus cálculos probabilísticos
mirando los ceniceros que había en una casa.
En tiempos de la ciudad fantasma,
la gente corriente se agolpaba en las aceras
para sacar dinero de los cajeros automáticos.
En los supermercados de prestigio,
los vigilantes hacían de enfermeros
y repartían guantes y líquidos de manos.
Mientras la ciudad seguía su curso infatigable,
como el fluir de un río hacia un mar de incertidumbres,
el aire era más limpio,
se divisaban las montañas,
no había tantos coches,
y autobuses fantasma vacíos
recorrían las avenidas
despobladas,
caducas,
perecederas.
2) La quietud de un banco junto a un jardín,
me conmueve.
Ese banco solitario nadie lo habita.
Y tiene que convivir con el silencio de los árboles,
esos arrogantes señores que miran desde arriba.
¿Cuántas parejas vió este banco
postrarse en él, abrazarse en él, refugiarse en él...?
Refugiarse en él. Como víctimas de un naufragio,
como supervivientes que escaparan de un incendio,
como auténticos suicidas frente a un acantilado.
Refugiados del amor, refugiados del sexo,
refugiados del intercambio entre dos cuerpos,
que se sienten abandonados,
malheridos y desahuciados.
En la ciudad fantasma,
ya no se ven enamorados paseando por las calles.
Se ven fugitivos corriendo para llenar sus bolsas de la compra.
Trabajadores que evitan el contacto en los vagones de tren.
Una sociedad todavía más impersonal que antes.
No se abracen, ni se besen, no se toquen.

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