La primera mujer de Pavel nos relata su desamor en breves frases:
"Un buen día, el artefacto de la ilusión y de la idolatría se desmorona ante este o aquel suceso, y hay todo un viento maloliente que recubre las habitaciones, como si se tratara de una catástrofe natural en la que la toxicidad es muy alta, o como si, por todas partes, se desprendiera un aire nausebundo un tanto incómodo e insolente. El hombre al que amabas se convierte entonces es una caricatura del que era, si no era una caricatura ya de por sí y con anterioridad. Las discusiones que terminaban antes en un "caray, pobre muchacho", en el el último tiempo concluye con un "viejo estúpido, muérete". La mente se transforma en una ensalada de emociones, una marejada en alta mar, un puerto inalcanzable y sombrío al que los barcos propios nunca llegan, el principio de una tragedia.
Cuando el ansia destructiva me invade, recuerdo cuando conocí a Pavel: No fue ni mucho menos un cuento de hadas. Pavel era un hombre sombrío cuya juventud arrojaba algún destello de una luz tardía. Con la cabeza llena de pájaros, creía ser poeta, escritor y tantas otras cosas, pero lo que estaba claro es que pertenecía a una clase de gente adormecida, que vivía en una especie de limbo existencial, circunstancia prosaica y al mismo tiempo vinculante de la moral de posguerra. En el acto amoroso, a veces se comportaba como una máquina fría e insultante, y después me rechazaba, levantándose rápidamente para ir a limpiarse los genitales. ¡Pequeño tarado! No era demasiado alto. Su boca defectuosa fruncía una mueca, parecía oler como un cenicero, y no era cariñoso, ¡no sé que pude ver en él!
Ahora, cuando visito su tumba en el día de Difuntos, llevo un puñado también de estiércol, para untar su lápida, que ostenta la insignia de hombre ejemplar otorgada por el alcalde de la ciudad de Krasnoyarsk, con pura y aplastante mierda como lo que él fue"
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