Hombres y Mujeres que caminan descalzos,
y no escuchan el eco de sus pisadas
en ciudades donde la lluvia
es el discurso de las aceras,
dejando a su paso,
periódicos mojados,
y los restos de una fiesta desproporcionada
y brutal.
El paso del tiempo los convoca
a seguir caminando,
a montarse en trenes a deshoras,
a pedir permiso para cruzar al otro lado de la calle,
o a realizar genuflexiones frente al cargo oportuno,
que se presente enfrente de sus narices.
Tienen derecho:
A guardar silencio,
a no pedir milagros,
conformarse con el trozón de pan duro
que le reparte un patricio romano
que luce un rolex,
a sentir que una migaja de amor
es un paraíso terráqueo.
También tienen derecho:
A soñar despiertos,
a dormir mal pese a las preocupaciones,
a recorrer millas y millas corriendo
por desiertos de asfalto,
a conmoverse
frente al espectáculo
que trasciende
en un atardecer con el suelo
convertido en un espejo luminoso,
a apreciar la importancia
de lo pequeño, de lo diminuto,
a sentirse libres
sin permiso,
a reir a carcajadas
hasta no poder más.
A entrar cervezas del supermercado
en los bares.
A mentirle a los camareros para dejar el partido del Granada club de futbol
en la televisión.
A fundirse con la gente. A amar a sus hijos. A sentirse vivos, tras
la hecatombe vivida.
A vivir sin aplausos.
A despreciar a toda creencia que cohiba al ser humano
y lo confine en un reducto amurallado.
A desmontar al consumismo.
y no escuchan el eco de sus pisadas
en ciudades donde la lluvia
es el discurso de las aceras,
dejando a su paso,
periódicos mojados,
y los restos de una fiesta desproporcionada
y brutal.
El paso del tiempo los convoca
a seguir caminando,
a montarse en trenes a deshoras,
a pedir permiso para cruzar al otro lado de la calle,
o a realizar genuflexiones frente al cargo oportuno,
que se presente enfrente de sus narices.
Tienen derecho:
A guardar silencio,
a no pedir milagros,
conformarse con el trozón de pan duro
que le reparte un patricio romano
que luce un rolex,
a sentir que una migaja de amor
es un paraíso terráqueo.
También tienen derecho:
A soñar despiertos,
a dormir mal pese a las preocupaciones,
a recorrer millas y millas corriendo
por desiertos de asfalto,
a conmoverse
frente al espectáculo
que trasciende
en un atardecer con el suelo
convertido en un espejo luminoso,
a apreciar la importancia
de lo pequeño, de lo diminuto,
a sentirse libres
sin permiso,
a reir a carcajadas
hasta no poder más.
A entrar cervezas del supermercado
en los bares.
A mentirle a los camareros para dejar el partido del Granada club de futbol
en la televisión.
A fundirse con la gente. A amar a sus hijos. A sentirse vivos, tras
la hecatombe vivida.
A vivir sin aplausos.
A despreciar a toda creencia que cohiba al ser humano
y lo confine en un reducto amurallado.
A desmontar al consumismo.
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