Historias de la ciudad

Svetlana es una mujer madura entrada en la cincuentena que duerme en la calle. Como todas las personas que visitan a diario el centro de día que tienen las Damas Apostólicas en Alonso Martínez, viste ropas prestadas, y camina con elegancia, siguiendo un guión no fijado, como señal de un inequívoco linaje, o como indicio de una sofisticación congénita propia de gentes que nunca tuvieron trato con círculos aventajados pero, que, sin embargo, adquirieron las destrezas en los movimientos de gimnastas o bailarinas.
Cuando termina su almuerzo en el gran comedor social, se levanta y anda muy erguida con una postura recia y digna, moviendo las faldas de su vestido hacia los lados, y taconeando con sus zapatos heredados de alguna señora de postín, de ésas que vienen con sus alhajas a servirle la comida a la legión de desarrapados que allí acude a diario.
Más tarde, agarra sus maletas y se va hacia la calle Santa Engracia, habiéndose despedido del vigilante, de los trabajadores sociales y de todos los compañeros amables.
Se sienta en un banco, se descalza, y es su banco un pequeño universo donde relajarse, una suerte de casa sin muros, desde el que contemplar cómo avanza la tarde sigilosamente, mientras su expresión lánguida lo dice todo.

Demba viene de Senegal, pero lleva dos semanas durmiendo en la calle. Llegar hasta Madrid fue difícil. Atravesar dos desiertos, sortear la valla de Melilla, ser engañado por la mafia en el estrecho, llegar a Motril sin saber nada de español, en un lugar donde todos lo miraban raro por ser negro y no ser invitado a la fiesta de las civilizaciones.

Luan es un hombre albanés, que ha conseguido tras mucho esfuerzo salir de su tierra ante el escaso futuro de un sistema caduco que lo asfixiaba. Italia, Francia y finalmente la impasible España ven cómo en el ocaso de su vida, su ánimo cae como el agua cuela por el fregadero.

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