En el comedor de las monjas

En el comedor de las monjas, un refugiado de Mali se levanta y nos escribe en la pizarra una canción en Bambara:
"Dos bebés buscan a mamá, dónde está mamá, mamá no está, ha tenido que ir al trabajo" 
La emoción embriaga la estancia.
¿Quién no recuerda ese momento de separación de la madre?
Todos aplauden, porque este hecho cotidiano que nos conecta con el despertar a una nueva cultura es la misma ligazón que la tenemos con la propia. Mamá no está, la raíz no está cerca, África está allí en el sur como un continente fantasma olvidado, región donde abundan los recursos naturales, la riqueza más profunda, pero el más esquilmado por el hombre blanco. ¿De qué sirve que el profesor de español les diga que la culpa es de Europa? Si ellos y ellas ya lo saben... 
La toma de conciencia con la política no les ayuda, les pone más tristes. 
Pero el profesor escribe la palabra justicia en la pizarra. Todos y todas sonríen con sus dientes blancos como el marfil que los cazadores del norte arrancan a los elefantes cuando van de safari. 
En el comedor de las monjas, las monjas entran regañando con malos modales y superioridad propia de un estatus social propio del de los patricios romanos. Las Damas Apostólicas llegan con su capa de invencibles, ajenas a la realidad de las calles, al frío metal del estupro de civilización a civilización, colocadas en su poltrona de caridad básica, a años luz de cualquier apelación a un mundo más justo y solidario. 
Se prosigue con Ismael Lo, y su Africa, que nos dice:
"D'ici ou d'ailleurs nous somm' des enfants d'Afrique"
Somos los hijos de África, sí. El profesor llora con sus nuevos hermanos y afirma que él también forma parte del batallón de los desheredados del mundo.

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