La lluvia cae sin marca registrada
sobre el gris asfalto urbano,
y las farolas que señalan
el cambio en la franja horaria
saludan a los taxis que van de retirada.
Las calles son entonces el espejo del alma,
de una sociedad que se desvanece en su propio
caldo de cultivo,
mostrando
la crónica de yonquis, turistas, terrazas de verano,
camareros con prisa, proxenetas y prostitutas en el centro.
Esta macilenta agua tóxica que se nos viene encima
no viene del conducto de ningún aire acondicionado,
son las nubes en las altas atmósfera las que la construyen.
En esta coyuntura, el viandante camina despacio,
mascullando un amor sin digerir,
con la presión sobre el pecho
de trece letras impagadas de algún producto
financiero y ante el acoso y derribo que
decreta el sistema económico ante los que saltan
los plazos de un pago.
Ni siquiera la fantasía autoimpuesta
como forma de evasión lo satisface
cuando es difícil culminar el placer
en este mundo desvinculado.
La lluvia de verano es algo más que la conclusión de un estado de ánimo,
es más que el corolario de un periodo de vida.
Alivia y contribuye al buen ambiente,
pero no es suficiente,
como no son suficientes tantos poemas
para que el caminante.
Necesita entonces tomarse una pausa,
tomar distancia con todos y con todo,
retomar la paz de un páramo
donde sentirse única pieza de la naturaleza,
ante la efervescencia de un julio
que se muestra
como un conjunto desordenado.
sobre el gris asfalto urbano,
y las farolas que señalan
el cambio en la franja horaria
saludan a los taxis que van de retirada.
Las calles son entonces el espejo del alma,
de una sociedad que se desvanece en su propio
caldo de cultivo,
mostrando
la crónica de yonquis, turistas, terrazas de verano,
camareros con prisa, proxenetas y prostitutas en el centro.
Esta macilenta agua tóxica que se nos viene encima
no viene del conducto de ningún aire acondicionado,
son las nubes en las altas atmósfera las que la construyen.
En esta coyuntura, el viandante camina despacio,
mascullando un amor sin digerir,
con la presión sobre el pecho
de trece letras impagadas de algún producto
financiero y ante el acoso y derribo que
decreta el sistema económico ante los que saltan
los plazos de un pago.
Ni siquiera la fantasía autoimpuesta
como forma de evasión lo satisface
cuando es difícil culminar el placer
en este mundo desvinculado.
La lluvia de verano es algo más que la conclusión de un estado de ánimo,
es más que el corolario de un periodo de vida.
Alivia y contribuye al buen ambiente,
pero no es suficiente,
como no son suficientes tantos poemas
para que el caminante.
Necesita entonces tomarse una pausa,
tomar distancia con todos y con todo,
retomar la paz de un páramo
donde sentirse única pieza de la naturaleza,
ante la efervescencia de un julio
que se muestra
como un conjunto desordenado.
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