Hombre de acero

Tras haber conocido al padre del pequeño Ricardo
del que he sido su tutor durante este curso,
surge este poema.

Hombre de acero,
hecho a sí mismo,
adolescencia fracturada por una pérdida.
Gran ciudad.
Luces de farolas inquietantes.
Arena, asfalto, y un silencio cómplice
tras la falta de piedad de un automovilista,
o el codazo del compañero de trabajo.
Atrás quedó Salamanca,
labrada en piedra.
Río Tormes sin su Lazarillo.

Hombre de acero,
aunque no comprendas por qué tu hijo
no evoluciona como el resto de niños,
has de saber, que cada niño aprende una forma diferente,
cada niño es un pequeño universo en construcción,
cada niño contiene su lenguaje como nos recordaba
Loris Malaguzzi.
Antes de que le exijas
resultados,
lee algo sobre las dificultades que acarrea,
e intenta informarte,
no desde la prepotencia del sheriff,
sino desde el afecto y la ternura
que ya no te queda ni para tí mismo.

Hombre de acero:
Otros hombres de acero
han recorrido tu camino.
Sabes perfectamente lo feo que le hablas
a tu mujer y
que esa risa falsa
no te sienta bien
pues no hace juego
con el papel de ficticia amabilidad que representas.
Sabes que el patriarcado y el capitalismo
son hermanos.
No atormentes a tu mujer.
Déjala libre, que vuele del sangriento nido si es preciso.
Y no la maltrates.

En las lágrimas incipientes en tus ojos al hablar
de tu hijo,
el metal se oxida,
y recuerdas
que tú como cualquiera
estamos provistos,
de una existencia finita,
acotada,
estamos construídos
con músculos, huesos y órganos vitales,
estamos limitados
por nuestras pulsiones de vida, muerte,
y somos construcción, destrucción y
eterna debacle
hacia el abismo de la más absoluta de las nadas.



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