El triunfo del egoísmo

En las escenas de Vechnoe vozvrashchenie, la película de Muratova,
se repite el mismo argumento:
El conocido que roza la categoría de extraño
entra en repetidas veces
en la casa de la antígua compañera de estudios,
bajo el subterfugio de que viene de paso por la ciudad
para empezar a contarle una historia de una mujer y de una amante.
En el diálogo obsesivo,
la anfitriona desbordada siempre utiliza las mismas evasivas iniciales
apelando al café, al té, o al medio de transporte en el que vino
este indivíduo con sombrero y gabardina,
pero el otro insiste en que le ayude a resolver el enigma fatal
de su existencia: ¿Con quién debería quedarse: si con la mujer, con la amante,
con las dos, o con ninguna de las dos?
En un momento una de las múltiples anfitrionas, afirma y exclama:
¡El triunfo del egoísmo!
Esta situación se repite muchas veces
e incluso la fabricación del cine
incide en su proceso durante la acción:
el director cambia de productor por una clara falta de ética evidente.
En el egoísmo masculino,
invasor, se atisba una metáfora de lo que representó la Unión Soviética
: Un mecanismo de infelicidad para muchos (los invadidos)
y un mecanismo de felicidad para otros (los invasores).

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