Compañeros de piso

Éste no es un boceto de ensayo para la convivencia,
ni siquiera un documento en el que se construye un método,
para convivir, para respetar,
para hacer sentir bien al extraño o a la extraña
que entra a formar parte de la vida propia
y que se convierte,
en satélite,
en miembro,
en alguien
con el que compartir un espacio,
un tiempo,
que, en ocasiones,
no deseamos compartir.

Compañeros de piso,
se presentan a sí mismos,
como personajes sombríos,
en calles donde el invierno
no hubiera olvidado
sus señales
más lúgubres.
Como haces de luz negra,
recorremos como la sombra que fuímos,
fragmentos de acera,
y nos convertimos
en animales sociales
de una farsa
llamada convivencia.
Sacamos a relucir máscaras de carnaval
veneciano,
y decimos cosas que no sentimos realmente.
La vivencia
recuerda a una oficina que no cerrase
ni siquiera en agosto
y alargase su horario
para hacer más horas extra.
Tenemos entonces que contemporizar
con historias
que no deseamos escuchar
de tipos que no deseamos conocer.
¿La aventura del aprendizaje?
Tal vez.
Pero hay libros que no pasa nada si no lees.
Con sólo ver la reseña,
uno se da por enterado.
Entonces
uno tiene que armarse de paciencia,
y sentarse en el diván del analista,
para escuchar dramas de madres y hermanos,
que nunca ha conocido,
revisar todos los pormenores del trabajo ajeno.
Cuando el paciente, en la transferencia, ha elaborado
su vivencia, podemos sentirnos satisfechos.
Sus ganas de joder al personal, han menguado.

Pero quedan las calles.
Las calles que son mi hogar,
las calles que habito,
como números naturales
que se sucedieran
con la lógica del 0 y su siguiente.
Esas infinitas calles,
de la ciudad infinita
como conjunto "infinito" numerable,
albergan librerías con libros antíguos,
bares donde hablar con gente,
cines en los que revisar antologías,
pistas de futbol,
donde el aprendiz de estratega,
triangula y se frena,
para volver a triangular.

Compañeros de piso, algunos evitables, pocos imperecederos.

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