Si uno revisa las instantáneas del pasado,
recuerda a una familia que vivía en el segundo
piso de la calle Angel Ganivet, número 6.
Tío Antonio era hermano de mi abuela,
un tío muy querido por todos,
muy cariñoso,
dicho sea según la versión oficial.
Había ayudado mucho
en los tiempos difíciles,
decían todos.
También nací en tiempos difíciles,
pero más tarde.
Tía Isabel es cuñada de mi abuela.
Según la versión oficial de los acontecimientos,
siempre nos quiso mucho.
De niño me llevaba de la mano a la plaza Bib Rambla
para comprar uniformes de futbol en la juguetería,
pero esos paseos me parecían frías travesías
cargadas de frías emociones.
En su casa me refugiaba
cuando en la mía todo era complicado.
Su hijo Francisco me hacía bocadillos de jamón serrano
y me dejaba jugar al ordenador.
Cuando iba con mi madre a la playa,
siempre nos visitaban.
Pero su compañía
me resultaba pesada
y deseaba que se fueran pronto.
Algunos de sus hijos daban muestra de afecto y de cariño
pero siempre me resultaban muestras pesadas de afecto y de cariño.
Confundían solidaridad con caridad.
Ellos que siempre nadaban en la abundancia.
De la arrogancia y de la prepotencia de algunos
de sus hijos, todavía recuerdo.
No era plato de buen gusto
departir con ellos sobre lo divino y lo humano.
Siempre tenían razón.
Tio Antonio, nuestro benefactor,
se fue quedando con las propiedades de sus hermanos
solteros,
en virtud de una sociedad que, abierta u obscuramente, dirigió él.
No le culpo de sus ambiciones
pero es evidente
que el mundo está mal repartido
y que construyó su patrimonio
mediante la política matrimonial
y quedándose con lo suyo y lo no tan suyo.
recuerda a una familia que vivía en el segundo
piso de la calle Angel Ganivet, número 6.
Tío Antonio era hermano de mi abuela,
un tío muy querido por todos,
muy cariñoso,
dicho sea según la versión oficial.
Había ayudado mucho
en los tiempos difíciles,
decían todos.
También nací en tiempos difíciles,
pero más tarde.
Tía Isabel es cuñada de mi abuela.
Según la versión oficial de los acontecimientos,
siempre nos quiso mucho.
De niño me llevaba de la mano a la plaza Bib Rambla
para comprar uniformes de futbol en la juguetería,
pero esos paseos me parecían frías travesías
cargadas de frías emociones.
En su casa me refugiaba
cuando en la mía todo era complicado.
Su hijo Francisco me hacía bocadillos de jamón serrano
y me dejaba jugar al ordenador.
Cuando iba con mi madre a la playa,
siempre nos visitaban.
Pero su compañía
me resultaba pesada
y deseaba que se fueran pronto.
Algunos de sus hijos daban muestra de afecto y de cariño
pero siempre me resultaban muestras pesadas de afecto y de cariño.
Confundían solidaridad con caridad.
Ellos que siempre nadaban en la abundancia.
De la arrogancia y de la prepotencia de algunos
de sus hijos, todavía recuerdo.
No era plato de buen gusto
departir con ellos sobre lo divino y lo humano.
Siempre tenían razón.
Tio Antonio, nuestro benefactor,
se fue quedando con las propiedades de sus hermanos
solteros,
en virtud de una sociedad que, abierta u obscuramente, dirigió él.
No le culpo de sus ambiciones
pero es evidente
que el mundo está mal repartido
y que construyó su patrimonio
mediante la política matrimonial
y quedándose con lo suyo y lo no tan suyo.
Comentarios
Publicar un comentario