Metaescritura

Y así pasa conmigo Maiakovski
Las escuadras,
también acuden a las bahías.
El tren,
también se apresura hacia las estaciones.
Y yo, se comprende
-si yo te amo-
voy hacia ti
pues me atraes,
me enloqueces.
Como se apea "El caballero avaro" de Pushkin,
encantado hurgando su sótano,
así yo,
vuelvo hacia ti, amada,
con mi corazón encantado.
Y a casa vuelvo contento,
como ustedes vuelven
y se quitan la roña, lavándose y afeitándose.
Así vuelvo hacia ti.
¿Acaso,
yendo hacia ti no vuelvo a mi casa?
A los terrenales los recibe la tierra
-siempre volvemos a nuestros deseos.
Así yo,
hacia ti siempre me inclino,
apenas nos separamos,
nos vimos apenas.


Cuando escribo
sobre lo que escribo
corre el riesgo
de caer en la redundancia
de un verso.
Pero éste no es un acto nimio,
sin importancia,
pues hacer fluir
al subconsciente
y hacerlo consciente
es un ejercicio de claridad
y transparencia.

En una hoja en blanco,
se puede escribir
un tratado,
una renuncia,
una elegía,
un canto a la primavera,
a la alegría de un encuentro,
al brindis con amigos,
a la juventud que se escapa
como un tren
que abandona el andén
a las 15.16 de la tarde.
También caben
pruebas claras de narcisismo,
delirios proyectivos,
paranoias,
vocablos de un erotómano,
masoquismo verbal,
emociones congeladas,
trastornos de la personalidad.
Pero no voy a ser tan severo
conmigo mismo.
La vida me trae un soplo de brisa
y una oportunidad
de rehacerme, otra vez más.
Rehacerme con tu recuerdo
no parece rehacer las reservas de dopamina
y el circuito de recompensa
me hace entrar
en una espiral
de ser reconocido por lo que hago.

Hablar del amor
- éste ya es un verso antíguo -
no es el amor en sí mismo.

La ciudad y el recuerdo
de una despedida.
Cuántos adioses asomaron
por la ventanilla de un coche
y cuántas manos se agitaron
en los andenes de trenes impolutos
y cargados de semántica,
sin retórica aparente.

Hemos de no olvidarnos
a nosotros mismos.
El único adios que no debemos pronunciar
es el adios interior.




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