Hay que agradecer
a los que intentan comprender,
porque tras esa investigación
existe un interés por uno.
En sus preguntas como globos - sonda,
divisan el terreno,
acotan y miden,
realizan planos contra la indiferencia,
escrutan paisajes humanos,
creen alcanzar alguna hipótesis
de trabajo,
para volver a recomponer sus ideas.
A veces aciertan y otras no,
pero no hay que penalizar el error,
sino fundirse con ellos
en un abrazo de antología.
Cuando voy a Granada,
la carga emocional y sentimental ya no hace daño.
Los últimos tiempos han sido difíciles
y uno pasa por ellos
como un viajero
que anduviera descalzo en el pasillo
del tren
para no despertar a los pasajeros
que descansan en los respectivos
compartimentos.
Además de algunas presencias
que molestan
por su significación,
existe la idea de que puedo prescindir de ellas,
a sabiendas
de que me tocará compartir momentos,
en espacios comunes habilitados para la ocasión.
Cuando voy a Granada,
para mí ya es algo más que un viaje a la infancia.
Se trata de una forma de reencontrarme
con lo poco o lo mucho que queda
de una construcción de años,
en la que el verbo aprovisionó
una sintaxis,
para fundar un sustantivo nuevo,
resplandeciente,
como esquema iniciático
que antepone la satisfacción al resultado.
Tantos planes, tantos viajes mentales - imaginarios.
Tantas tumbas que visitar.
Tanta gente en la ciudad natal.
Tantos extraños.
a los que intentan comprender,
porque tras esa investigación
existe un interés por uno.
En sus preguntas como globos - sonda,
divisan el terreno,
acotan y miden,
realizan planos contra la indiferencia,
escrutan paisajes humanos,
creen alcanzar alguna hipótesis
de trabajo,
para volver a recomponer sus ideas.
A veces aciertan y otras no,
pero no hay que penalizar el error,
sino fundirse con ellos
en un abrazo de antología.
Cuando voy a Granada,
la carga emocional y sentimental ya no hace daño.
Los últimos tiempos han sido difíciles
y uno pasa por ellos
como un viajero
que anduviera descalzo en el pasillo
del tren
para no despertar a los pasajeros
que descansan en los respectivos
compartimentos.
Además de algunas presencias
que molestan
por su significación,
existe la idea de que puedo prescindir de ellas,
a sabiendas
de que me tocará compartir momentos,
en espacios comunes habilitados para la ocasión.
Cuando voy a Granada,
para mí ya es algo más que un viaje a la infancia.
Se trata de una forma de reencontrarme
con lo poco o lo mucho que queda
de una construcción de años,
en la que el verbo aprovisionó
una sintaxis,
para fundar un sustantivo nuevo,
resplandeciente,
como esquema iniciático
que antepone la satisfacción al resultado.
Tantos planes, tantos viajes mentales - imaginarios.
Tantas tumbas que visitar.
Tanta gente en la ciudad natal.
Tantos extraños.
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