Una cómica historia

Kennon Mac Kinnon era un joven irlandés, borrachuzo, pendenciero y mujeriego, chistoso y grandilocuente, amigo de los retos en las tabernas de Madrid. Cuando entraba en los locales, se hacía el silencio, y como era de esperar, todos le rendían pleitesía, pues les daba miedo. Era un superhéroe sacado del Ulises de Joyce.
Una noche de primavera, de ésas que nunca pasan a la historia, Kennon Mac Kinnon se reunió con sus secuaces en la taberna del pirata donde transcurría a esa hora un intercambio de idiomas.
Con este formato, los intercambios de idiomas eran supuestos encuentros culturales en los que abundaba de todo menos el deleite por el aprendizaje de una nueva lengua. La amalgama de personajes que, a una cierta hora, comenzaba a llenar los espacios de aquel lóbrego bar, era muy diversa: Había gentes nobles que accedían a la atracción y la seducción que produce lo exótico. Otros los había que se sentían muy solos y buscaban el calor de una conversación sin importar idioma, acento empleado o habilidad comunicativa. Un menor grupo se valía de este experimento antropológico para encontrar pareja. Sus métodos eran simples y concisos: Aproximación. Interrogatorio velado o también llamado ficha técnica. Victoria por aburrimiento o derrota por desistimiento. Despedida con intercambios de números de teléfono y next station, who knows.
Por último se encontraban los infames, entre los que Kennan Mac Kinnon era un especialista consumado. Se valía de amistades para neutralizar mujeres de su gusto. Pero las jugadas no le salían del todo bien porque su estrategia se podía atisbar con varias jugadas de antelación.
Decíamos que Mac Kinnon se reunió con sus secuaces: Charly Mac Mahon y Jona O Kaguen, todos ellos especialistas en los juegos de naipes y en el discurso de los que nunca convencen.
Madrid se vistió de Estambul por una noche y dos mujeres de esa ciudad hicieron acto de aparición en escena al compás de Sherezade. Mac Kinnon enloqueció. Quiso degollar de una tacada a todo el que osare entrometerse en su camino. Al son de Tina Turner con su simply the best, interpretó, bailó, animó a bailar en un despliegue de habilidades rítmicas típicas de su Irlanda natal.
Pero se le vió el plumero porque Aytaç y Beyza empezaron a bailar con dos marineros rusos que se habían encontrado por arte de magia. Ante semejante afrenta, Mac Kinnon les retó a un concurso de chistes pero resultó que los rusos tenían un sentido del humor envidiable y según, Aytaç y Beyza, merecieron más carcajadas.
Mac Kinnon se vió frustrado, enfadado y herido en su orgullo pero la música de la balalaika, que Igor empuñó como arma inolvidable, le recordó que su irish dance era un completo acto de estupidez y de inexperiencia.

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