Robinson y la Habitación 423

La ciudad a lo lejos y un mar de luces nocturnas confundiéndose con el alquitrán de la autopista, y con los neones de los clubs de carretera que anuncian nombres de casa de comidas, hostales baratos y establecimientos nocturnos. Tras el naufragio, Robinson pulsa todos los botones del dispositivo de alarma. Llama a los familiares pidiendo dinero, llama a algún amigo ... ¿Amigos? Ya casi no quedan. Conocidos muchos con los que pasar el tiempo riendo para después programar el olvido equidistante y diluirse entre la muchedumbre que puebla las ciudades superocupadas a una cierta hora, como el azucarillo lo hace en el té caliente. Acto seguido, mira atrás, ve un paisaje árido y desértico, típico de la meseta castellana y, cambiando el ángulo de visión, observa una amalgama de poliedros de hormigón que dicen llamarse hoteles y aviones de compañías que desconoce sobrevolando el espacio aéreo cercano al aeropuerto. Pero Robinson ha conocido a alguien, una mujer que le agrada, aunque sus gestos no confirmen la tendencia. Es por ello de que no está seguro de que se trate de un mútuo hallazgo. No sabe si es un espejismo, una imagen de caleidoscopio propia de la psicodelia de barrios alternativos. De todas formas, todas las ciudades en las que Robinson naufraga, parecen seguir un guión parecido, responden a un modelo de abandono en el que se autodefine como víctima y la ciudad se postula como verdugo.
Nuestro protagonista ha de dejar a un lado sus momentos autobiográficos para cambiar la mentalidad y la perspectiva. Porque cuando llega al hotel, es sólo una casualidad que el número de la habitación le recuerde al 23 de Abril, fiesta de San Jorge, y deje de pensar, por una sola vez, que se trata de un cementerio de dragones. Viva el día del Libro, osa decir, a regañadientes, con zozobra y mal humor.
Canillejas, con su prosaico metal, lo había recibido con el tortazo en la espalda del amigo de siempre. El taxi convenido. La A2 hermana de autobuses verdes de la empresa municipal, rumbo a Coslada y San Fernando. ¿Recuerdas aquel lugar cerca del Jarama? Cuando cargado de salchichones robados en Carrefour, te sentabas junto al camino en un trozo de piedra a dar cuenta de tu botín. ¿Quién conoce tu lástima? ¿Quién conoce tu desarraigo? ¿Quién conoce tu estoico gesto, la ensoñadora pupila que afronta un silencio desgarrado?
En la última época: Fuenlabrada, Vallecas, mares del Sur en los que uno descansa en sus orillas. Y Marsé y Vázquez Montalbán acompañan su viaje con descripciones de extrarradio.
Después de todo, Robinson sale a flote, como la carcomida madera por la acción del oleaje, pletórico por haber resistido una vez más y haber ido a dar con sus huesos en una habitación maltrecha de un barrio como Pueblo Nuevo.
Bienvenido sea el Presente. Adiós, Pasado. 

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