Un delincuente de poca monta

Jacinto Rastrojos caminaba risueño por la estación de Mendez Álvaro, sintiendo en sí mismo la alegría de una conciencia tranquila, cuando regresaba del tren de Fuenlabrada, lugar donde solía trabajar. Era una tarde de enero fría y lluviosa. Fuera de la estación sur, había un océano de vehículos de todos los tamaños que construían una orquesta de claxones inaudita. Pero Jacinto caminaba risueño. Sin apenas un tibio manjar que llevarse a la boca, se le ocurrió la magnífica idea que llevarse algo expropiado del Hipercor cercano. La idea de expropiación a la que aludía Jacinto no era un robo convencional. Era un robo con fines humanistas. Sí, lo que oyen. Un delito menor, de 1 a 3 años, ya usted sabe, pero para nuestro protagonista, minucias y, prácticamente, chorradas. Se las prometía felices cuando afrontó los frigoríficos de embutido del gran Supermercado, y eligió, a su antojo, una pieza de jamón prosaico envuelto en plástico, y un chorizo picante de una marca poco selecta. Sabía que las dependientas lo miraban, como lo habían mirado los guardias de seguridad al entrar en el edificio. Pero nada de éso le inquietó. Estaba acostumbrado a obrar con la paciencia de un artesano y la frialdad de un cirujano. Era exquisito en sus formas de autoabastecimiento pero prefería productos de baja calidad, pues la sensación de culpa disminuía con la premura de un convicto confeso.
Al salir de la zona de control se le acercó un hombre vestido de paisano. Le recomendó que lo acompañara. En el espacio de seguridad le hicieron un interrogatorio de tercer grado en el que les faltó preguntar por el color de los calzoncillos que llevaba. El jefe de seguridad era un tipejo repugnante que decía vivir en el mismo barrio que Jacinto, y argumentando que con esas señas, no debería pasar hambre porque seguro que era un tipo de buena posición económico-social.
Después de una intensa sesión de preguntas, lo emplazaron para pagar el precio de lo extraído o si no podría ser denunciado.
Ahí languideció. No tenía con qué pagar y el mundo se le venía encima.
Como una crónica del subdesarrollo, el delincuente Rastrojos pasó a disposición de la Policía. Lo metieron en el calabozo y le hicieron un juicio de urgencia. Entró en la cárcel de Soto del Real un 25 de Enero.
Nadie preguntó por él en tres largos años...

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