Érase una vez que se era una ciudad que siempre quedaba en el recuerdo de propios y ajenos, y que a nadie resultaba indiferente. Metrópoli de unas cuantas Españas. Su arquitectura no era más rica que la de otras ciudades. Sin embargo, un encanto mágico la custodiaba, consecuencia de la enigmática luz que flanqueaba las calles y los muros. Resultó por aquel entonces que Graciela y Marcelo, una pareja de profesionales libres de Buenos Aires, decidieron hacer un viaje a Madrid a pasar la Nochevieja. Recién aterrizados, la mercadotecnia navideña cautivó a los dos pero Marcelo no hacía más que mirar el móvil ante los suplicantes ojos de Graciela que lo reclamaban, con ese gesto propio de los desatendidos. Ella entonces, mientras se arreglaba, cantaba animada, para disimular su tristeza, y bebía compulsivamente moviéndose con un ritmo sugerente, propio casi de un rito amoroso iniciático. El hombre que la había deslumbrado años atrás, al encontrarlo, una noche por Corrientes, en un bar cualquiera apoyado en la barra de una tasca oscura y macilenta, no era este hombre que se las daba de gentleman británico con aspecto de ejecutivo de una firma multinacional. Se había descontextualizado. Ya no había arte en sus palabras, ya su forma de hacer el amor era mecánica y fría, como la polea que activara la maquinaria de una fábrica.
En el preludio del año nuevo,
deambularon por las calles del centro en el primer albor del año y entraron en el Parnasillo del Príncipe, cerca de la calle Huertas, mientras pedían un vodka con limón para ella y un whisky doble para él. El camarero, un mocetón extremeño, ya entrado en canas, los atendió con el propósito de un alma cansada que estuviera a punto de entrar en un colapso permanente. La música en inglés de la radio fórmula sonaba en el local y animadas gentes anónimas bailaban los últimos éxitos del reggaeton, con ese sarcasmo que propone este tipo de música, y el más gusto consabido en lo que a lenguaje patriarcal se refiere.
Mientras ella trataba de levantar la hoguera de las pasiones con sus danzas tribales porteñas, Marcelo estaba nervioso y salía a fumar constantemente. Su malestar procedía, tal vez, de esa nueva mujer que había conocido unos meses atrás en su viaje a Córdoba y de la que se había quedado totalmente prendado. La dialéctica provincia - capital no había hecho nada más que comenzar. ¿Cómo decirle al amor de su vida que lo suyo había acabado? ¿Que debían vender todas sus posesiones? ¿Dónde quedaría su isla de confort? ¿Su way of life? ¿Sus vacaciones con amigos selectos en Punta del Este? ¿Su yacht , su bañera de burbujas, sus actos amorosos tántricos con aceites corporales de diseño y su incienso de marca?
En medio de estas crisis existencial, apareció en el bar, un hombre desconocido con unos cuantos de episodios de soledad, y el alma algo maltrecha. Crónica de un victorioso fracasado, que se lamía las heridas a escondidas, cuando el invierno es simplemente un mar donde el oleaje es gigantesco.
Yuri, que era alto y corpulento, de nariz afilada como los ángulos de una escuadra, distinguió la altura de Graciela, su sonrisa generosa, sus piernas largas como sábanas no estrenadas y la cintura diminuta como un dedal. Asimismo, encontró en la descripción de Marcelo una ligera contradicción. Con esa suficiencia propia de un emigrante escandinavo en las tierras argentinas, su barba recordaba a la de un marinero que no hubiera regresado a tierra, pero que estuviera a estar anclado en el recuerdo de otra vivencia de por vida.
Entablaron conversación, brindaron alegremente con la cortesía de los extraños en la gran ciudad, y después intercambiaron falsos deseos de belleza finita. Cuanto la party was over
, Graciela dejó en el bolsillo de Yuri un papel doblado con un número de teléfono que como una promesa, reproducía los sueños, las fantasías y los anhelos de cada recuerdo perdido.
Dos besos cruzaron la noche en el jardín del año recién comenzado. El contraataque estaba dispuesto para ser ejecutado pero la puerta hacia el amor estaba más que abierta y ellos dos ya habían entrado por ella.
En el preludio del año nuevo,
deambularon por las calles del centro en el primer albor del año y entraron en el Parnasillo del Príncipe, cerca de la calle Huertas, mientras pedían un vodka con limón para ella y un whisky doble para él. El camarero, un mocetón extremeño, ya entrado en canas, los atendió con el propósito de un alma cansada que estuviera a punto de entrar en un colapso permanente. La música en inglés de la radio fórmula sonaba en el local y animadas gentes anónimas bailaban los últimos éxitos del reggaeton, con ese sarcasmo que propone este tipo de música, y el más gusto consabido en lo que a lenguaje patriarcal se refiere.
Mientras ella trataba de levantar la hoguera de las pasiones con sus danzas tribales porteñas, Marcelo estaba nervioso y salía a fumar constantemente. Su malestar procedía, tal vez, de esa nueva mujer que había conocido unos meses atrás en su viaje a Córdoba y de la que se había quedado totalmente prendado. La dialéctica provincia - capital no había hecho nada más que comenzar. ¿Cómo decirle al amor de su vida que lo suyo había acabado? ¿Que debían vender todas sus posesiones? ¿Dónde quedaría su isla de confort? ¿Su way of life? ¿Sus vacaciones con amigos selectos en Punta del Este? ¿Su yacht , su bañera de burbujas, sus actos amorosos tántricos con aceites corporales de diseño y su incienso de marca?
En medio de estas crisis existencial, apareció en el bar, un hombre desconocido con unos cuantos de episodios de soledad, y el alma algo maltrecha. Crónica de un victorioso fracasado, que se lamía las heridas a escondidas, cuando el invierno es simplemente un mar donde el oleaje es gigantesco.
Yuri, que era alto y corpulento, de nariz afilada como los ángulos de una escuadra, distinguió la altura de Graciela, su sonrisa generosa, sus piernas largas como sábanas no estrenadas y la cintura diminuta como un dedal. Asimismo, encontró en la descripción de Marcelo una ligera contradicción. Con esa suficiencia propia de un emigrante escandinavo en las tierras argentinas, su barba recordaba a la de un marinero que no hubiera regresado a tierra, pero que estuviera a estar anclado en el recuerdo de otra vivencia de por vida.
Entablaron conversación, brindaron alegremente con la cortesía de los extraños en la gran ciudad, y después intercambiaron falsos deseos de belleza finita. Cuanto la party was over
, Graciela dejó en el bolsillo de Yuri un papel doblado con un número de teléfono que como una promesa, reproducía los sueños, las fantasías y los anhelos de cada recuerdo perdido.
Dos besos cruzaron la noche en el jardín del año recién comenzado. El contraataque estaba dispuesto para ser ejecutado pero la puerta hacia el amor estaba más que abierta y ellos dos ya habían entrado por ella.
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