Rachel

Era una noche de las que no hacen historia, pero Madrid estaba acostumbrada a ese tipo de noches en las que las paredes de los oscuros bares parecen tableros de ajedrez y donde abundan tipos que caminan bajo la sombra de una sospecha, vistiendo gabardina y sombrero de ala ancha, parándose a mirar en los escaparates o simplemente encendiendo un cigarrillo en el zaguan de algún edificio de varios pisos. Hay mujeres que llevan prisa y que charlan entre sí animadas o se sientan en la terraza de un café a describir la crónica de un naufragio, o a hacer un escueto relato costumbrista propio de la fecha, y es que, aunque la celebración en diciembre de la Navidad se la debamos a los cristianos que hicieron propias las fiestas saturnales habidas en Roma, no deja de ser un icono de la cultura, y está tan bien instalado, que es difícil retorcer este hierro cotidiano.
Las hay también que caminan solas vistiendo con abrigos largos y sombreros amplios. Entran en las librerías de libro antíguo y se paran horas rebuscando títulos y buceando en el paradigma de una sociedad que no ha sabido todavía asumir positivamente los cambios tecnológicos.
En esa clase de noche, Rachel vivía su particular epopeya. Su mente no paraba de darle vueltas a los problemas que tenía en el trabajo, con una jefa obsesiva, que había entrado hace poco en la oficina. Hija de uno de los propietarios de la empresa, no había tenido que pasar demasiadas pruebas exigentes para acceder al puesto. Había estudiado pero abusaba de su cargo y le pedía a los demás aquéllo que no podía dar por sí misma. Ante esa tesitura, Rachel pidió unos días de vacaciones. Para encontrar la paz, para tener margen, para sentirse ella de nuevo, y recuperar la autoestima que la educación de unos padres autoritarios no había podido proporcionar. Deambulaba por las calles hasta que dió con una tasca mal iluminada a la que entró y pidió una copa. Al probar el primer sorbo de aquel brebaje etílico, levantó su mirada y vió a uno de ésos marineros rubios como la cerveza que parecían sacados de una canción de Quintero, León y Quiroga. En su estado de excitación vital que la conducía por un deseo incontenible de hacer las cosas que nunca se atrevió, llamó la atención del supuesto marinero, que resultó llamarse Ivan, y era natural de Belgrado. En su prosaico idioma, Ivan fue capaz de contarle una historia de amor pasada. Rachel, con su encanto de las dos de la mañana, lo miraba entusiasmada, pero se decía a sí misma que ésto era sólo un espejismo. Lo invitó a beber, le dió dinero para un taxi e incluso empezó a detallarle los pormenores de los últimos tiempos vividos, siempre buscando su mirada por si no la entendía o no le gustaba el asunto tratado, interrumpiendo el relato con constantes preguntas, poniéndose el escudo subitamente contra el rechazo o la indiferencia, como si estas dos fueran inquilinas habituales de su existencia.
Cuando no hubo nada más que decirse, en la emoción fría de un desencanto, sin saber ni cómo ni por qué, Rachel le dijo que se marchase e Ivan acató esta orden propia de este mundo del desvínculo, donde todo fluye pero nada se consolida. 
Ella volvió a su soledad, punto de origen y punto de destino donde encontrarse con sus propios fantasmas, donde aterrarse y caer en el abismo una y otra vez, sin que ningún marinero rubio pudiera resolver el laberinto de emociones en el que estaba sumida.
La ciudad abría las puertas de la noche, con el monólogo de las luces de las farolas, y los edificios emblema de Schweppes y Telefónica haciendo de caciques de la Gran Vía. En cambio, los autobuses nocturnos y los taxis parecían barcos solitarios que navegaran en un río en cuya ribera esbozaran un sendero parejas abrazadas o funambulistas que sangraran una herida lenta. 

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