Tú eres de los que pudiste haber llegado a la hora,
pero jamás lo hiciste. Anónimo.
Era invierno y las ciudades abren sus puertas a los que intentan guarecerse del frío. Jeff caminaba con una duda, mientras miraba el reloj y se apremiaba, haciendo más veloz el paso, para llegar a la cita de las nueve con Shelley en el Chelsea Club. Shelley era una mujer muy atractiva a la que había conocido en una cena de trabajo y fruto del deseo había querido conocerla de forma inmediata. Para ello, un compañero de ambos intercedió. Bill Appleton, oficinista de extensa trayectoria, los presentó y en las fórmulas de cortesía, Jeff dejó entrever que había leído a Tolstoi y conocía las reverencias clásicas de cualquier sociedad de costumbres en cualquier ciudad de cualquier país del Norte.
El Chelsea Club era un lugar de alta gama. Paredes amplias de un caserón antíguo y un jardín hacían de este local en Chicago uno de los más encantadores para pasar una velada y compartir un bloody mary, un cosmopolitan o un dry martini con aceituna incorporada con un hilo musical idóneo, y una sala de baile al uso para deleite de habituales y extraños. El viejo pianista venido de la fría Moscú se llambaa Grigoriy y deleitaba a los asistentes con obras de autores franceses como Debussy y Satie, así como de autores soviéticos como Prokofiev o Shostakovich incorporando toda una sentimentalidad en los días de lluvia, consecuencia de su estado de ánimo y de la añoranza de las calles y las avenidas de su querida ciudad. Aquel día no llovía sino que nevaba y optó por comenzar con el invierno de Vivaldi.
Cuando Shelley divisó a Jeff entre la gente, sonrió, y le preguntó por qué había tardado tanto. Jeff, se echó las manos a la cabeza al pensar los cuarenta dólares que le había costado la entrada pero decidió llamar al waiter y ordenar en un correcto inglés de Norteamérica una botella de cavernet sauvignon fabricada en la baja California, allá donde los Estados Unidos comienzan a ser los mexicanos.
Después de dejarse seducir por la sonrisa de Shelley, recordó cómo se había reído con los compañeros de facultad sobre esos concursos inventados por empresarios para lucir a las mujeres como mercancía y pensaba que Shelley respondía a esa necesidad que tiene la sociedad de autocomplacerse. Sin embargo, él también respondió con una sonrisa. Sin embargo, la invitó a bailar un ritmo lento. Vivaldi había sido reemplazado por una orquesta. Ahora actuaban los Bolongo Brothers, con un cantante, saxofón, guitarra, y violonchelo, así como también una batería y un piano. Interpretaban Summer time, de Gershwin. La vida era fácil hasta que cinco tipos que parecían sacados de una película del cine negro, los rodearon y amenazaron a Jeff con partirle las piernas si no dejaba de bailar con la sensación del club. Al principio, nuestro protagonista vió su hombría en entredicho pero después pensó en rendirse porque no había nada que demostrar y Gramsci demostraba que en situaciones de inferioridad es mejor no pasar a la acción directa. Shelley esbozó una queja, pero el líder del grupo le cruzó la cara al estilo de la película Gilda y ningún miembro de la seguridad del sitio intervino para defender a la pareja. A Jeff lo patearon entre varios y sangrando llegó hasta la puerta del local, mientras el portero le daba las buenas noches como si se tratara de un frío mecanismo.
La gélida noche esperaba a Jeff en la gris Chicago. La música de Grigoriy le abrigó el corazón, pero recordó los cuarenta dólares gastados y pensó que la vida era injusta y que necesitaba un trago. Entretanto, vislumbró a lo lejos una luces de neón. Ponía 'Lone Star'. Entró y ahogó su tristeza en un mar de whiskey, llegando a la orilla de la mañana deshidratado y completamente borracho.
Lo vieron caminar por la calle cercana a su casa como un soldado que va rumiando una derrota y con una lección aprendida, la que la vida hace estallar contra uno mismo como si se tratara de un poderoso oleaje.
THE END.
pero jamás lo hiciste. Anónimo.
Era invierno y las ciudades abren sus puertas a los que intentan guarecerse del frío. Jeff caminaba con una duda, mientras miraba el reloj y se apremiaba, haciendo más veloz el paso, para llegar a la cita de las nueve con Shelley en el Chelsea Club. Shelley era una mujer muy atractiva a la que había conocido en una cena de trabajo y fruto del deseo había querido conocerla de forma inmediata. Para ello, un compañero de ambos intercedió. Bill Appleton, oficinista de extensa trayectoria, los presentó y en las fórmulas de cortesía, Jeff dejó entrever que había leído a Tolstoi y conocía las reverencias clásicas de cualquier sociedad de costumbres en cualquier ciudad de cualquier país del Norte.
El Chelsea Club era un lugar de alta gama. Paredes amplias de un caserón antíguo y un jardín hacían de este local en Chicago uno de los más encantadores para pasar una velada y compartir un bloody mary, un cosmopolitan o un dry martini con aceituna incorporada con un hilo musical idóneo, y una sala de baile al uso para deleite de habituales y extraños. El viejo pianista venido de la fría Moscú se llambaa Grigoriy y deleitaba a los asistentes con obras de autores franceses como Debussy y Satie, así como de autores soviéticos como Prokofiev o Shostakovich incorporando toda una sentimentalidad en los días de lluvia, consecuencia de su estado de ánimo y de la añoranza de las calles y las avenidas de su querida ciudad. Aquel día no llovía sino que nevaba y optó por comenzar con el invierno de Vivaldi.
Cuando Shelley divisó a Jeff entre la gente, sonrió, y le preguntó por qué había tardado tanto. Jeff, se echó las manos a la cabeza al pensar los cuarenta dólares que le había costado la entrada pero decidió llamar al waiter y ordenar en un correcto inglés de Norteamérica una botella de cavernet sauvignon fabricada en la baja California, allá donde los Estados Unidos comienzan a ser los mexicanos.
Después de dejarse seducir por la sonrisa de Shelley, recordó cómo se había reído con los compañeros de facultad sobre esos concursos inventados por empresarios para lucir a las mujeres como mercancía y pensaba que Shelley respondía a esa necesidad que tiene la sociedad de autocomplacerse. Sin embargo, él también respondió con una sonrisa. Sin embargo, la invitó a bailar un ritmo lento. Vivaldi había sido reemplazado por una orquesta. Ahora actuaban los Bolongo Brothers, con un cantante, saxofón, guitarra, y violonchelo, así como también una batería y un piano. Interpretaban Summer time, de Gershwin. La vida era fácil hasta que cinco tipos que parecían sacados de una película del cine negro, los rodearon y amenazaron a Jeff con partirle las piernas si no dejaba de bailar con la sensación del club. Al principio, nuestro protagonista vió su hombría en entredicho pero después pensó en rendirse porque no había nada que demostrar y Gramsci demostraba que en situaciones de inferioridad es mejor no pasar a la acción directa. Shelley esbozó una queja, pero el líder del grupo le cruzó la cara al estilo de la película Gilda y ningún miembro de la seguridad del sitio intervino para defender a la pareja. A Jeff lo patearon entre varios y sangrando llegó hasta la puerta del local, mientras el portero le daba las buenas noches como si se tratara de un frío mecanismo.
La gélida noche esperaba a Jeff en la gris Chicago. La música de Grigoriy le abrigó el corazón, pero recordó los cuarenta dólares gastados y pensó que la vida era injusta y que necesitaba un trago. Entretanto, vislumbró a lo lejos una luces de neón. Ponía 'Lone Star'. Entró y ahogó su tristeza en un mar de whiskey, llegando a la orilla de la mañana deshidratado y completamente borracho.
Lo vieron caminar por la calle cercana a su casa como un soldado que va rumiando una derrota y con una lección aprendida, la que la vida hace estallar contra uno mismo como si se tratara de un poderoso oleaje.
THE END.
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