Al principio, la soledad

Al principio, la soledad
da miedo:
es como sentirse un botón muy pequeño
en un cajón de sastre, interminable.
También la tristeza acompaña
al frío amanecer de una mañana
de otoño, con el decorado de
hojas secas apostadas en el suelo que desfilan
como un ejército
que trae una reminiscencia ingobernable.
Al principio, la soledad
es un laberinto.
Un laberinto
de un minotauro ajeno y desconocido
que hace acto de aparición,
por sorpresa, mirándonos de cerca
y amenazándonos con el exterminio.
Pero, llega un día,
en que la soledad no es para tanto
y se rodea de música, de cánticos,
nos provee de un espacio desde el que resurgir
y de la madera de un alzamiento incontestable e invencible.

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