Travesía nocturna por las calles de Alcalá.


Travesía nocturna por las calles de Alcalá.

Junto al joven pirata es fácil recorrer las calles señoriales donde Cervantes algún día cabalgó a lomos de Rocinante cuando la naranja luz del sodio ensalza monumentos, pequeños palacios y plazas donde la gente simplemente reposa como el agua en un estanque.

Es entonces cuando el afán creativo de un nuevo personaje, suerte de quijote postmoderno se impone en la escena y construye un conflicto con una especie de camionero rural, que como macho dominante delimita el territorio vital y el de su pareja en pleno transcurso de un concierto vintage, del duo dinámico ante una parroquia de sexagenarios amantes de los ritmos cadenciosos y por qué no decirlo, ¡realmente poéticos de estos dos genios de la música de los 60!

Siempre preferí a Lone Star.

Ante tamaño suceso, es natural que este panorama no resulte positivo para el quijote por lo que su acompañante, un sancho postmoderno, lo aguarda tras la verja de la huerta del obispo para analizar la semántica del enredo.

Una vez apagada la llama de la naturaleza agreste que, por diversos motivos, ha salido a relucir, el fabricante de sueños persiste, identificando a una artista y a una contable sentadas en una terraza de bar siguiendo el itinerario de esta travesía nocturna por las calles de Alcalá. Tras su impúdica verborrea aparece la risa y tras la risa una invitación a conocer el sistema de las tribus del lugar llamadas peñas, que nos dan una discreta bienvenida, pues como forasteros, no hemos sido invitados con propiedad.

La cerveza, ese amarillento brebaje, fluye por las venas mientras el quijote se embala por el recinto ferial, desparramando el ideal caballeresco del Amadís, desinhibiéndose al llevar a cabo la venta de ilusiones plásticas.

Contradiciendo al pintor Moreno Carbonero pues los molinos no nos han derribado llegamos acompañados de una artista a la estación de tren para diluirnos como piezas de la masa ingente.

Al salir de la estación, la civilización hace una hora que ha arrancado su mecanismo y una postal cervantina concluye el espectáculo de estos ladrones del tiempo.

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