Para la mujer que imagino,
todavía hay un poema.
Cuando camino por su calle,
creo ver una luz anaranjada,
casi amarillenta, en el piso más alto
de un edificio que termina en una estructura piramidal,
y a ella la puedo ver sin verla
trabajando en su mesa de escritorio
hasta alta hora de la madrugada
bebiendo té y escuchando música clásica.
Reconozco
que entonces me invade algo de rabia
y tristeza
por no poder compartir esos
momentos de la noche
a su lado
pero después
la vida vuelve a recordarme
esa lección cotidiana
sobre la hija y el esposo enamorado.
Para la mujer que imagino,
todavía hay un poema,
y por más que me rebelo
contra ese sentimiento
que me lleva
a ella como el que vuelve
al escenario de una batalla perdida,
regreso a visitar los restos
de unas ruínas,
resto de una devastadora contienda.
El fracaso no es más que la consecuencia
de haberlo intentado,
el resultado de haber amado y vivido
pensando en alguien intensamente
durante largos años
no ya como una ilusión inalcanzable,
sino como un sueño posible.
Para la mujer que imagino,
todavía hay un poema,
porque ya no valen las cartas certificadas
ni los mensajes a un contestador automático,
ni las llamadas telefónicas
con salvoconducto y subterfugio
en las que me tocaba
esquivar las acometidas de su marido
con algún tema marginal.
Para la mujer que imagino,
todavía hay un poema
en el que no sólo hay deseo,
ni una fantasía sexual
incompleta,
hay algo más,
a sabiendas de haber renegado
en muchas ocasiones de ella,
proyectando mi enfado sobre personajes
con nombre de Frau.
Para la mujer que imagino,
todavía hay un poema,
que no es promesa,
ni palabra dada,
es algo más que eso.
La certeza
de que aunque escenifique su desaparición,
de múltiples formas,
nunca desaparecerá.
todavía hay un poema.
Cuando camino por su calle,
creo ver una luz anaranjada,
casi amarillenta, en el piso más alto
de un edificio que termina en una estructura piramidal,
y a ella la puedo ver sin verla
trabajando en su mesa de escritorio
hasta alta hora de la madrugada
bebiendo té y escuchando música clásica.
Reconozco
que entonces me invade algo de rabia
y tristeza
por no poder compartir esos
momentos de la noche
a su lado
pero después
la vida vuelve a recordarme
esa lección cotidiana
sobre la hija y el esposo enamorado.
Para la mujer que imagino,
todavía hay un poema,
y por más que me rebelo
contra ese sentimiento
que me lleva
a ella como el que vuelve
al escenario de una batalla perdida,
regreso a visitar los restos
de unas ruínas,
resto de una devastadora contienda.
El fracaso no es más que la consecuencia
de haberlo intentado,
el resultado de haber amado y vivido
pensando en alguien intensamente
durante largos años
no ya como una ilusión inalcanzable,
sino como un sueño posible.
Para la mujer que imagino,
todavía hay un poema,
porque ya no valen las cartas certificadas
ni los mensajes a un contestador automático,
ni las llamadas telefónicas
con salvoconducto y subterfugio
en las que me tocaba
esquivar las acometidas de su marido
con algún tema marginal.
Para la mujer que imagino,
todavía hay un poema
en el que no sólo hay deseo,
ni una fantasía sexual
incompleta,
hay algo más,
a sabiendas de haber renegado
en muchas ocasiones de ella,
proyectando mi enfado sobre personajes
con nombre de Frau.
Para la mujer que imagino,
todavía hay un poema,
que no es promesa,
ni palabra dada,
es algo más que eso.
La certeza
de que aunque escenifique su desaparición,
de múltiples formas,
nunca desaparecerá.
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