Otro cuento de la ciudad : Desideri y la ciudad

Ich bin nicht auch 
Autor anónimo 

Nadie debe sentir la culpa de abandonar a alguien, aunque ese alguien acabe sintiéndonse moribundo, herido de muerte y necesite tiempo para recuperarse y elaborar la historia.
Así le sucedía a Francesco Desideri desde que Valentina Haffner había decidido dejarle una nota de despedida sobre el aparador en la entrada de su domicilio. Por éso, Francesco andaba triste y sin orientación aparente en la ciudad. Olvidaba sus gafas, perdía sus trabajos, parecía un barco cuyas coordenadas no pudieran ser representadas en el plano tridimensional y el tiempo era un amigo antíguo que no daba señales de vida. En su Nápoles natal, él sabía cómo olvidar. Para cada olvido, tenía su itinerario pero Madrid no era Nápoles, como es evidente, y no tenía su inventario de recorridos de olvido. Tenía que inventarlos.
El matrimonio de Desideri hacía aguas, y él intentaba salvar los muebles, comenzando por el de los zapatos. Sus laberintos eróticos lo comprometían, y su reputación estaba por los suelos. Nunca le había importado el significado de la palabra reputación. Recuerda cuando en su escuela secundaria, decidió no seguir la moda ni la convención. Ponerse camisetas sin marca, pantalones antíguos, zapatos destartalados. Y no seguirla porque significaba convertirse en un animal gregario, sin conciencia ni ideas propias. Salirse del rebaño, pensar distinto aunque ello implicara quedarse sin amigos, aunque fuera una isla en un mar hostil y agresivo.
Ante tamaña situación, visitaba con frecuencia a Paula, una prostituta cubana en la calle Fundadores. Había encontrado su anuncio por internet. Chantal, era su seductor nombre francés en la portada.
Sin Valentina, sin su esposa, Paula lo acompañó tres noches de verano.
La primera vez no estaba muy convencido. Siempre se había mostrado reticente a pagar a una mujer por acostarse con él. Iba contra sus principios. Como introducción en el mundo de las prostitutas, un amigo suyo lo llevó en una noche de borrachera a la calle de la Montera y allí probó por primera vez el tibio líquido del sexo por dinero. No le complació. Se sintió engañado por su hipotético amigo.
Este mismo amigo lo invitó una noche de cumpleaños a un prostíbulo. Él no rechazó la propuesta. Pero el superego trabajaba horas extra y el concepto de pecado mezclado con la connotación social de lo que hacía, le molestaba profundamente. Intentó relajarse, vivir la ficción que aquéllo proponía, sucumbir ante el autoengaño.
Se sintió peor al finalizar de lo que había pensado.
Su esposa se dió cuenta al tiempo que el teléfono de Paula estaba en su móvil. Llamó.
En efecto, era una prostituta. Ni siquiera una amante, ni siquiera Frau Haffner.
Habría deseado mil veces que hubiera sido Frau Haffner, que en plena maniobra de retirada intentaba interpretar el papel de responsable madre y esposa.
Desideri pagaría sus errores, su conducta sexual alterada y su mala interpretación de los tiempos con Frau Haffner. Pese a todo, reconocerlo era el primer paso para elaborar una buena historia.

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