Érase una vez un maestro anticuado

Érase una vez un maestro anticuado, antipático y gruñón
que hacía llorar a los niños
con sus verdades de facto,
sin considerar
la psicología del aprendizaje
ni la teoría del desarrollo,
repitiendo hasta la saciedad
la misma cantinela
y la misma lección en cualquier lado.

Por supuesto, las normas existen,
así como también los límites
pero hay muchas formas
de hablar, con amor,
a los niños y niñas.

Nadie es perfecto, y éste que escribe menos todavía,
pero hay que hacer una serie reflexión de los métodos utilizados.

Érase una vez un maestro anticuado que a las palabras,
les colocaba una regla y decidía
si eran bonitas en función
de si eran largas o cortas.
A las frases las introducía
en un cuadrado
y las retintaba con colores muy oscuros,
tan oscuros como los de un muro
donde crece la hiedra
o como el alquitrán que ayuda a construir las calles.

A los folios les pintaba
esquinitas,
con colores chillones,
y hacía bocetos
en la primera página de los cuadernos
a mano alzada,
midiendo el ángulo del escorzo del o de la modelo,
como si estuviera dibujando a la maja desnuda.

Pero tocaba bien la guitarra

y en la directiva de la escuela le tenían gran aprecio y simpatía,
aunque sus métodos obsoletos
no incentivaran el gusto por aprender de algunas mentes más inquietas y curiosas.

Ordenaba silencio y mandaba callar. Arrancaba hojas de los cuadernos.
Pese a todo, le iban a construir un monumento junto a la escuela del barrio.

Como a aquel bedel que tenía dientes de rata y utilizaba un
bastón eléctrico para detener al invasor al entrar en el centro
y al que todos le hicieron palmas
el día de su jubilación.

¡Ay qué entrañables escuelas de barrio!

¡Vivan las gentes que nos hacen ser cada día más fuertes!

¡Vivan la chapa y la pintura!

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