Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.
Kavafis
Yo que solía sucumbir ante los bellos rostros
fui a dar con tu vasta hermosura
mas al intentar arrancar la rosa
de la enredadera
en el jardín olvidado
una espina clavóse en mi dedo,
haciéndolo sangrar.
Este pasaje es incompleto,
pues no sólo quedé atrapado
por una mirada,
sino por todo su significado.
Del líquido granate
comprendí el alcance de mi osadía.
Hubo hasta algún juez, alguna jueza
que dictaminaron para mí
sentencias ejemplares.
Ninguna más cruel
que la que yo me adjudicaba.
Sin embargo, nada de ésto
me hizo cambiar de opinión.
Frente a ti, tenía que presentar
un conjunto de argumentos,
aunque el exilio me cercase,
las deudas me rodearan,
aunque no hubiera
un mañana,
aunque
el frío imperara
en mi alcoba,
y me matara la soledad
de las tardes de domingo.
Conocí el peor de los desprecios,
y sólo creí orientarme en el camino,
cuando en el silencio,
atisbé una luz que me indicaba
el regreso a
esa patria no tan lejana
llamada Infancia.
No fue un viaje tan placentero,
pero, sin duda, fue pedagógico.
Tras la búsqueda,
se encontraba una carencia,
y, tras el desierto,
un arroyo.
Los bellos rostros,
eran todas las representaciones
que formaba mi mente
que actuaban como narcótico,
como morfina cotidiana,
como recortes
de una revista de moda
para el aprendiz de erotismo.
Lejos ya de ese valle
Puedo decirte
Gracias
Porque no cambiaría
Ningún bello rostro
Por la sabiduría (no sé si poca o mucha)
que al viajar hacia tí, me has otorgado.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.
Kavafis
Yo que solía sucumbir ante los bellos rostros
fui a dar con tu vasta hermosura
mas al intentar arrancar la rosa
de la enredadera
en el jardín olvidado
una espina clavóse en mi dedo,
haciéndolo sangrar.
Este pasaje es incompleto,
pues no sólo quedé atrapado
por una mirada,
sino por todo su significado.
Del líquido granate
comprendí el alcance de mi osadía.
Hubo hasta algún juez, alguna jueza
que dictaminaron para mí
sentencias ejemplares.
Ninguna más cruel
que la que yo me adjudicaba.
Sin embargo, nada de ésto
me hizo cambiar de opinión.
Frente a ti, tenía que presentar
un conjunto de argumentos,
aunque el exilio me cercase,
las deudas me rodearan,
aunque no hubiera
un mañana,
aunque
el frío imperara
en mi alcoba,
y me matara la soledad
de las tardes de domingo.
Conocí el peor de los desprecios,
y sólo creí orientarme en el camino,
cuando en el silencio,
atisbé una luz que me indicaba
el regreso a
esa patria no tan lejana
llamada Infancia.
No fue un viaje tan placentero,
pero, sin duda, fue pedagógico.
Tras la búsqueda,
se encontraba una carencia,
y, tras el desierto,
un arroyo.
Los bellos rostros,
eran todas las representaciones
que formaba mi mente
que actuaban como narcótico,
como morfina cotidiana,
como recortes
de una revista de moda
para el aprendiz de erotismo.
Lejos ya de ese valle
Puedo decirte
Gracias
Porque no cambiaría
Ningún bello rostro
Por la sabiduría (no sé si poca o mucha)
que al viajar hacia tí, me has otorgado.
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