"De todos modos, hay que aprender a vivir sin aplausos, o sólo con el aplauso de la conciencia espontánea y veraz.” Aplausos, Benedetti
Una historia de hace tantos años ya
merece ser contada por espectadores distantes
que se guarecen tras la sombra
de uno de esos árboles que, en otoño, no
otoñecen.
Antonia y Jacinto se conocieron en la facultad.
Poco importa
qué estudiaron. Frecuentaban juntos círculos de amigos comunes,
asistían a conferencias, y charlas en la parroquia del barrio,
sobre Dios, sus laberintos y sus renglones torcidos.
Todo parecía tener sentido, estar relacionado con una lógica
imprecisa e inexacta que les proporcionaba
un equilibrio a sus almas,
a sus mentes en contínuo crecimiento y en expansión.
Desde el amor de las tardes de Domingo,
cuando el cielo en Madrid parece un padre bueno y oficioso
que repartiera el pan entre sus hijos queridos,
Juntos formaron
una isla, fundaron un lenguaje
austero, comprometido y no hermético,
como si se tratara
de una suerte de leyenda insidiosa,
una foto que enseñarle a las visitas
y colocarla en el living.
Por aquel entonces la ciudad sacra,
se revelaba como absolutamente profana,
donde la herejía profunda
se proclamaba a los siete vientos,
y se castigaba consecuentemente cuando
conllevaba siete tempestades
a lo largo de siete esquinas
de
la heptagonal estructura metálica
de calles, edificios, carreteras y vías de tren.
Pese a todo,
la imagen de cabecera
daba pié a un viaje compartido y común,
donde los barcos tenían solo un sentido,
el de la ida hacia un cementerio acuático
y de coordenadas irresueltas,
donde el premio sería la vida eterna.
Sin embargo,
su amor no fue eterno
y la mercadotecnia tuvo que realizar horas extra
para que la contabilidad
cuadrara cada mes,
para salvaguardar la inquebrantable estructura familiar
y dar gracias a Dios por los alimentos que vamos a comer.
Antonia y Jacinto recibieron el aplauso del público congregado,
por su cristiana devoción.
Una historia de hace tantos años ya
merece ser contada por espectadores distantes
que se guarecen tras la sombra
de uno de esos árboles que, en otoño, no
otoñecen.
Antonia y Jacinto se conocieron en la facultad.
Poco importa
qué estudiaron. Frecuentaban juntos círculos de amigos comunes,
asistían a conferencias, y charlas en la parroquia del barrio,
sobre Dios, sus laberintos y sus renglones torcidos.
Todo parecía tener sentido, estar relacionado con una lógica
imprecisa e inexacta que les proporcionaba
un equilibrio a sus almas,
a sus mentes en contínuo crecimiento y en expansión.
Desde el amor de las tardes de Domingo,
cuando el cielo en Madrid parece un padre bueno y oficioso
que repartiera el pan entre sus hijos queridos,
Juntos formaron
una isla, fundaron un lenguaje
austero, comprometido y no hermético,
como si se tratara
de una suerte de leyenda insidiosa,
una foto que enseñarle a las visitas
y colocarla en el living.
Por aquel entonces la ciudad sacra,
se revelaba como absolutamente profana,
donde la herejía profunda
se proclamaba a los siete vientos,
y se castigaba consecuentemente cuando
conllevaba siete tempestades
a lo largo de siete esquinas
de
la heptagonal estructura metálica
de calles, edificios, carreteras y vías de tren.
Pese a todo,
la imagen de cabecera
daba pié a un viaje compartido y común,
donde los barcos tenían solo un sentido,
el de la ida hacia un cementerio acuático
y de coordenadas irresueltas,
donde el premio sería la vida eterna.
Sin embargo,
su amor no fue eterno
y la mercadotecnia tuvo que realizar horas extra
para que la contabilidad
cuadrara cada mes,
para salvaguardar la inquebrantable estructura familiar
y dar gracias a Dios por los alimentos que vamos a comer.
Antonia y Jacinto recibieron el aplauso del público congregado,
por su cristiana devoción.
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