Perchè non esiste amore sprecato
Benigni
..Ma é questo veramente amore?
Anónimo
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Machado, Antonio
Uno de los errores tácticos fundamentales de Luigi Rinaldi era actuar casi siempre en solitario pero esta era su manera de hacer y esta era la presencia que le acompañaba desde que había nacido: su propia presencia.
Y también, ¿ y cómo no? Constituía un error táctico el no parar en el objetivo cuando la cuestión se ponía difícil y había sido rechazado sin entrar en el análisis propio de los motivos del rechazo.
Una solución habría sido cerrar la puerta y listo. Asunto arreglado. Capítulo que se termina, senda que nunca se ha de volver a pisar. Pero nuestro protagonista era un hombre que se afanaba en una misión y no la dejaba hasta que había finalizado cada uno de los objetivos propuestos.
En la definición de los mismos, debió contemplar que existía la posibilidad de no terminar su ejecución, dejando a un lado el contenido de los mismos. Sucedió que un día paseando por uno de tantos mercados que hay en el barrio del Trastevere conoció a Lucia. Sus ojos se volvieron hacia ella cuando toda su luz inundó la calle hasta entonces gris y repleta de una muchedumbre anodina y sin significado.
Acto seguido, se acercó a ella y le preguntó la hora. Ella sonriendo bajó la mirada hacia su reloj de pulsera y contestó con amabilidad una cifra que poco importa, pero que a Luigi le conmovió como, cuando en la escuela de infancia, la maestra le enseñaba sus primeros números.
Mediando las palabras justas, le preguntó si estaba sola y, si en tal caso, podía acompañarla un rato hasta el puente Garibaldi sobre el Tiber, desde el que juntos podrían ver el maravilloso espectáculo de un atardecer sin dudas.
En la sinfonía de la tarde, Lucia y Luigi caminaban por el Viale distantes pero con sincronía. El viento hacía que sus cuerpos se movieran de forma cadenciosa con la lentitud de los coches en una avenida con un tráfico alto.
Al llegar al río, Lucia quiso fotografiarlo.
A él le pareció una buena idea y le propuso fotografiarla pero ella no accedió.
En su conversación, un lenguaje construido con lugares comunes y una invitación a tomar un vino.
Lucia guardó silencio.
El silencio, del que él como sujeto pensante debió extraer una enseñanza, no le pareció una negativa pero sí lo era.
Ante esta tesitura y en cualquier caso, le preguntó donde trabajaba, una dirección para enviarle una postal. A ella no le pareció mala idea dársela.
Aunque el asentimiento no conllevaba la palabra sí.
Y Luigi era víctima de su soledad, de querer curarla con la presencia de aquella desconocida que, por arte de magia, se había convertido en su bálsamo para... ¿curar las heridas?
Tras la enésima callada por respuesta, Luigi debió asumir que la respuesta era no, pero seguía intentándolo.
Alguna vez se tuvo que defender de la acusación de que era un acosador, aunque más bien parecía una persona que debía aprender más sobre las relaciones personales, sobre la empatía con los demás, y sobre la ortografía de los puntos suspensivos y de los puntos finales.
En definitiva, en su Sicilia natal, las cosas parecían ser más sencillas aunque hubiera otro tipo de laberintos y sortilegios:
Cuando los alfiles cruzaban el tablero, casi siempre iban a tocar a las torres.
Cabizbajo y con la lección aprendida, regresó a su casa.
Los ladrones habían entrado. Se habían llevado lo poco que poseía.
Habían salvado a su Mujer y a sus Hijos.
Con una nota afectuosa hacia su Mujer, escribieron:
"Luigi debía aprender algunas cuestiones importantes, querida Amiga.
Quedamos para el té de las cinco. "
Benigni
..Ma é questo veramente amore?
Anónimo
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Machado, Antonio
Uno de los errores tácticos fundamentales de Luigi Rinaldi era actuar casi siempre en solitario pero esta era su manera de hacer y esta era la presencia que le acompañaba desde que había nacido: su propia presencia.
Y también, ¿ y cómo no? Constituía un error táctico el no parar en el objetivo cuando la cuestión se ponía difícil y había sido rechazado sin entrar en el análisis propio de los motivos del rechazo.
Una solución habría sido cerrar la puerta y listo. Asunto arreglado. Capítulo que se termina, senda que nunca se ha de volver a pisar. Pero nuestro protagonista era un hombre que se afanaba en una misión y no la dejaba hasta que había finalizado cada uno de los objetivos propuestos.
En la definición de los mismos, debió contemplar que existía la posibilidad de no terminar su ejecución, dejando a un lado el contenido de los mismos. Sucedió que un día paseando por uno de tantos mercados que hay en el barrio del Trastevere conoció a Lucia. Sus ojos se volvieron hacia ella cuando toda su luz inundó la calle hasta entonces gris y repleta de una muchedumbre anodina y sin significado.
Acto seguido, se acercó a ella y le preguntó la hora. Ella sonriendo bajó la mirada hacia su reloj de pulsera y contestó con amabilidad una cifra que poco importa, pero que a Luigi le conmovió como, cuando en la escuela de infancia, la maestra le enseñaba sus primeros números.
Mediando las palabras justas, le preguntó si estaba sola y, si en tal caso, podía acompañarla un rato hasta el puente Garibaldi sobre el Tiber, desde el que juntos podrían ver el maravilloso espectáculo de un atardecer sin dudas.
En la sinfonía de la tarde, Lucia y Luigi caminaban por el Viale distantes pero con sincronía. El viento hacía que sus cuerpos se movieran de forma cadenciosa con la lentitud de los coches en una avenida con un tráfico alto.
Al llegar al río, Lucia quiso fotografiarlo.
A él le pareció una buena idea y le propuso fotografiarla pero ella no accedió.
En su conversación, un lenguaje construido con lugares comunes y una invitación a tomar un vino.
Lucia guardó silencio.
El silencio, del que él como sujeto pensante debió extraer una enseñanza, no le pareció una negativa pero sí lo era.
Ante esta tesitura y en cualquier caso, le preguntó donde trabajaba, una dirección para enviarle una postal. A ella no le pareció mala idea dársela.
Aunque el asentimiento no conllevaba la palabra sí.
Y Luigi era víctima de su soledad, de querer curarla con la presencia de aquella desconocida que, por arte de magia, se había convertido en su bálsamo para... ¿curar las heridas?
Tras la enésima callada por respuesta, Luigi debió asumir que la respuesta era no, pero seguía intentándolo.
Alguna vez se tuvo que defender de la acusación de que era un acosador, aunque más bien parecía una persona que debía aprender más sobre las relaciones personales, sobre la empatía con los demás, y sobre la ortografía de los puntos suspensivos y de los puntos finales.
En definitiva, en su Sicilia natal, las cosas parecían ser más sencillas aunque hubiera otro tipo de laberintos y sortilegios:
Cuando los alfiles cruzaban el tablero, casi siempre iban a tocar a las torres.
Cabizbajo y con la lección aprendida, regresó a su casa.
Los ladrones habían entrado. Se habían llevado lo poco que poseía.
Habían salvado a su Mujer y a sus Hijos.
Con una nota afectuosa hacia su Mujer, escribieron:
"Luigi debía aprender algunas cuestiones importantes, querida Amiga.
Quedamos para el té de las cinco. "
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