Al finalizar el colegio,
en 6º de la EGB
teníamos la actividad de baloncesto
y me encantaba
porque teníamos una monitora
super maja
que se llamaba Susana.
Además de una buena jugadora,
era simpática y cariñosa
y se convirtió en mi liberadora
contra el bullying.
Los abusones,
al final del colegio,
eran un grupo de unos tres o cuatro,
mal queridos en sus casas
y desperdigados hasta bien entrada
en la tierra en las callejas del barrio,
se metían conmigo al entrar a canasta,
al hacer una finta o un pase.
No era yo el único objetivo
de sus existencias maltrechas.
Había más niños que pagaban la factura
de sus cuotas de amor mal estructuradas.
Y ahí llego Susana ...
Con su metro ochentaytantos
su melena rubia oscura,
a poner orden.
Como Comandante de un ejército
al que yo siempre perteneceré,
les increpó y les hizo frente.
Me ayudó a secar mis lágrimas.
Me montó en su moto y me llevó
al centro de la ciudad abrazado a ella.
Granada me pesaba menos entonces
y ella era la Héroe que me había salvado,
de la burla, de la humillación,
habíamos vencido contra aquel
ejército de pobres diablos fracturados.
Amé al baloncesto, aunque amaba más el futbol
donde jugaba de líbero (siempre me gustaba esa palabra),
pero amé al baloncesto, gracias a Susana.
en 6º de la EGB
teníamos la actividad de baloncesto
y me encantaba
porque teníamos una monitora
super maja
que se llamaba Susana.
Además de una buena jugadora,
era simpática y cariñosa
y se convirtió en mi liberadora
contra el bullying.
Los abusones,
al final del colegio,
eran un grupo de unos tres o cuatro,
mal queridos en sus casas
y desperdigados hasta bien entrada
en la tierra en las callejas del barrio,
se metían conmigo al entrar a canasta,
al hacer una finta o un pase.
No era yo el único objetivo
de sus existencias maltrechas.
Había más niños que pagaban la factura
de sus cuotas de amor mal estructuradas.
Y ahí llego Susana ...
Con su metro ochentaytantos
su melena rubia oscura,
a poner orden.
Como Comandante de un ejército
al que yo siempre perteneceré,
les increpó y les hizo frente.
Me ayudó a secar mis lágrimas.
Me montó en su moto y me llevó
al centro de la ciudad abrazado a ella.
Granada me pesaba menos entonces
y ella era la Héroe que me había salvado,
de la burla, de la humillación,
habíamos vencido contra aquel
ejército de pobres diablos fracturados.
Amé al baloncesto, aunque amaba más el futbol
donde jugaba de líbero (siempre me gustaba esa palabra),
pero amé al baloncesto, gracias a Susana.
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