Al César lo que es del César.
Pero en esta historia no caben
la medias tintas
ni siquiera las zafias invocaciones
para remendar
mareas subterráneas.
Cuando el carpintero
ve que un clavo no está alineado,
utiliza un martillo.
En su retórica se vale de
toda una serie de lugares comunes,
ripios y greguerías.
Por ello,
miro con escepticismo
Mi Abuela tenía sus virtudes,
aunque en los últimos años
casi no las mostraba.
Se le daba bien la repostería.
Se empeñaba
en ser soporte,
columna vertebral,
mástil
del que colgar la vela mayor,
cabeza visible
de un ejército intermitente de soldados,
que entendían la patria
como una apuesta en un cuartel,
más que como una ilusionante bandera
que trajera la alegría.
A cada general,
le hacen falta apoyos.
La sociedad de provincias
la tenía en gran estima,
al provenir de una familia de
contrastado renombre.
A los más jóvenes todo aquello nos sonaba
como si fuera un cuento,
y vivimos una infancia austera sin lujos,
oyendo de refilón
de la grandeza de otro tiempo.
Mas la grandeza no era una cuenta corriente,
al igual que un ambiente
no lo construía un biombo.
Entre las virtudes de mi Abuela,
estaba su tranquilidad frente a los problemas.
La estaticidad de su rostro,
Su gesto impertérrito.
Aunque a veces se ponía nerviosa,
y daba órdenes, tocando la campana
de su mesita de noche.
El servicio doméstico acudía.
Mi verdadera Abuela era otra.
Una mujer del Salar,
que no había sido nunca una señora,
ni falta que le hacía,
pero que ganaba por goleada
en el campo del amor.
Sabía darme besos más largos
que la espera del autobús
en la parada del Hotel Zaida.
Su hermano, que había sido detenido
en la guerra por comunista,
me regaló una honda de pastor.
Mi abuela no me dijo nunca claramente que me quería.
No era su forma.
Ella amaba callando pero eso no bastaba.
Porque cuando uno es niño,
necesitaba saberse amado,
y no sólo por lo que de uno se le cuenta a las visitas.
Cuando me convertí en adolescente,
pasé a ser un problema.
Nadie interpretó nunca que la dejadez en mi educación
había derivado
en un estado de declaración de independencia prematura,
en un principio de autogestión.
Saltaban alarmas, se imponía la autoridad por decreto,
se daban bofetadas y tocaban los toques de queda.
Pese a todo, no era tan mal chico, y aprobaba los cursos,
me gustaban la lectura y el deporte.
Cuando mi abuela falleció, la casa
se llenó
y no me salieron las lágrimas,
las tenía enquistadas
pero comprendí que para ella
la vida, en algunos tramos,
no había sido nada fácil.
La definición de tío y tía deberían estar siempre claras.
Son hermanos y hermanas de un padre o una madre.
Al ser la familia del padre el conjunto vacío,
la familia de la madre es el todo.
Y, por supuesto, hay tíos y tías más generosos y los hay que lo son menos.
En este sentido, tuve suerte. Me ayudaron a estar donde ahora estoy.
Y por ello, desde aquí mi agradecimiento, mi mano tendida,
pero también mi espíritu crítico y la afirmación de que nadie es perfecto.
Pero en esta historia no caben
la medias tintas
ni siquiera las zafias invocaciones
para remendar
mareas subterráneas.
Cuando el carpintero
ve que un clavo no está alineado,
utiliza un martillo.
En su retórica se vale de
toda una serie de lugares comunes,
ripios y greguerías.
Por ello,
miro con escepticismo
Mi Abuela tenía sus virtudes,
aunque en los últimos años
casi no las mostraba.
Se le daba bien la repostería.
Se empeñaba
en ser soporte,
columna vertebral,
mástil
del que colgar la vela mayor,
cabeza visible
de un ejército intermitente de soldados,
que entendían la patria
como una apuesta en un cuartel,
más que como una ilusionante bandera
que trajera la alegría.
A cada general,
le hacen falta apoyos.
La sociedad de provincias
la tenía en gran estima,
al provenir de una familia de
contrastado renombre.
A los más jóvenes todo aquello nos sonaba
como si fuera un cuento,
y vivimos una infancia austera sin lujos,
oyendo de refilón
de la grandeza de otro tiempo.
Mas la grandeza no era una cuenta corriente,
al igual que un ambiente
no lo construía un biombo.
Entre las virtudes de mi Abuela,
estaba su tranquilidad frente a los problemas.
La estaticidad de su rostro,
Su gesto impertérrito.
Aunque a veces se ponía nerviosa,
y daba órdenes, tocando la campana
de su mesita de noche.
El servicio doméstico acudía.
Mi verdadera Abuela era otra.
Una mujer del Salar,
que no había sido nunca una señora,
ni falta que le hacía,
pero que ganaba por goleada
en el campo del amor.
Sabía darme besos más largos
que la espera del autobús
en la parada del Hotel Zaida.
Su hermano, que había sido detenido
en la guerra por comunista,
me regaló una honda de pastor.
Mi abuela no me dijo nunca claramente que me quería.
No era su forma.
Ella amaba callando pero eso no bastaba.
Porque cuando uno es niño,
necesitaba saberse amado,
y no sólo por lo que de uno se le cuenta a las visitas.
Cuando me convertí en adolescente,
pasé a ser un problema.
Nadie interpretó nunca que la dejadez en mi educación
había derivado
en un estado de declaración de independencia prematura,
en un principio de autogestión.
Saltaban alarmas, se imponía la autoridad por decreto,
se daban bofetadas y tocaban los toques de queda.
Pese a todo, no era tan mal chico, y aprobaba los cursos,
me gustaban la lectura y el deporte.
Cuando mi abuela falleció, la casa
se llenó
y no me salieron las lágrimas,
las tenía enquistadas
pero comprendí que para ella
la vida, en algunos tramos,
no había sido nada fácil.
La definición de tío y tía deberían estar siempre claras.
Son hermanos y hermanas de un padre o una madre.
Al ser la familia del padre el conjunto vacío,
la familia de la madre es el todo.
Y, por supuesto, hay tíos y tías más generosos y los hay que lo son menos.
En este sentido, tuve suerte. Me ayudaron a estar donde ahora estoy.
Y por ello, desde aquí mi agradecimiento, mi mano tendida,
pero también mi espíritu crítico y la afirmación de que nadie es perfecto.
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