Las frustraciones de Fabrizio Moretti

En el caso de Fabrizio, las frustraciones no venían por arte de magia y nunca venían solas. Él simplemente abría la ventana y la canción del acordeonista de la esquina proponía la melodía de otro martes lluvioso en los que la ciudad y él se hallaban como completos antagonistas, lejanos, uraños e irreconocibles.
Sonó el teléfono y al otro lado la voz de Sofia le conmovió de nuevo. La frustración no tenía que ver con un nombre de mujer, pero tal vez sí. Las primeras palabras que le dirigió fueron: Ven deprisa, yo también soy naúfraga en el proceloso mar de la costumbre. Fabrizio dijo que sí. Siempre decía que sí a todo lo que le proponía ella, no había desarrollado una voluntad firme para desterrar todo lo negativo de aquella presencia dominante y astuta que lo embriagaba y que le hacía recordar con tanto ahinco el amor maternal. Agarró su bicicleta, notó que la cadena estaba mal engrasada. En la calle, había taxistas que meaban con la puerta abierta y cantando una canción de Manolo Escobar. El costumbrismo con forma de hedor le repugnaba pero aún así le pareció común, tratándose de Madrid. La puerta de Alcalá parecía sombría, como un espectro circundado por las sombras de otro esplendor traído de las ocultas alacenas, de los baúles transportados por otro rey casi italiano.
La Gran Vía se abría como una estructura de hierro colorista, y el edificio de Schweppes le daba el toque de technicolor necesario. Por la corredera baja de San Pablo, deambulaban esas prostitutas viejas que parecían esconderse y algunos maleantes propios del centro: chulos, proxenetas y carteristas, con el verbo fácil y la navaja en ristre. Se santiguó al llegar al portal de Sofia. Siempre se santiguaba, era una costumbre desde que era niño y su madre, Roberta, le daba un beso de buenas noches en su lecho. Pero Sofia no era su madre, y ni siquiera ninguna de las mujeres que había visto durante el trayecto, sorteando semáforos, muchedumbres y luces donde el neón ostentaba su condición de gas noble. Aún así la amaba. La amaba intensamente, irracionalmente, como todo buen amor que se precie, y había perdido toda la dignidad que cualquier persona quisiera para así, cuando desarrolla el juego en su apertura.
Al llegar al tercero sin ascensor, todo parecía correcto. Ella lo esperaba con la mejor de sus sonrisas. Él caminaba como el que alberga una duda y le dió un beso en la mejilla, infantil, cálido, como el que saluda a un pariente cercano.
La mesa estaba puesta. Las velas, el incienso, la música sugerente. Era una mujer que sabía construir los ambientes con la habilidad de un arquitecto, con la dedicación de un científico.
Se sentaron. Se intercambiaron los cumplidos propios de otro tiempo. La iglesia más cercana tocaba los cuartos, a las once menos cuarto.
Todo parecía estar en armonía hasta que Sofia lanzó la bomba: Se iba a Amsterdam con un ingeniero de misiles que había conocido por casualidad en una convención de yoga.
Fabrizio lo esperaba. El contraataque no se hacía esperar: Fabrizio era un sentimental y no pudo evitarlo: Lloró, pataleó, se rebeló contra la idea, pero éso no ayudó a calmarla. Ella, desde su palacio frío, lo miraba con compasión, con la ternura de una última cena que los llevaría a despedirse, sin acostarse juntos, sin compartir el lecho, sin intercambiar fluídos no newtonianos.
La suerte estaba echada, los billetes a Amsterdam comprados y Fabrizio debería llamar al psicoanalista para la próxima cita donde tocaría una sesión de reminiscencias, sueños y duelos.
Cuando salió de la casa de Sofia, pidiéndole disculpas por su comportamiento, dejándole el teléfono de la oficina por si necesitaba algo, su tarjeta de visita, se vió en el rellano de la escalera completamente solo. Pero no sabía que detrás de esa soledad había una invitación a repararse por dentro, a reconstruirse y a rearmarse, a no dejar el combate y la batalla que supone esta vida.
Tras la frustración, tras el fracaso, no había una derrota, sino un aprendizaje y Fabrizio había comenzado a aprender ese camino.

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