Einsamkeit Strasse

En Einsamkeit Strasse vivía Frau Viktoria.
Era una dama elegante y distinguida,
de exquisito trato
y de amplia formación cultural,
pues era linguista e historiadora.
Tenía la costumbre
de salir a pasear a media tarde,
cuando el tranvía de las seis y media
sonaba tras la avenida.
Peter, fontanero de profesión,
que la conocía desde hacía años
la observaba desde la distancia,
y se la quedaba mirando,
como el se queda mirando una aparición
en la noche de la ciudad
tras el dulce murmullo
de la luz de las farolas.
La única sombra que había
era la de su conciencia intranquila,
al no tenerlas todas consigo,
y no recibir por completo
una muestra inequívoca de su afecto.
Era un amor a priori imposible
por puras cuestiones tácticas y programáticas.
Todo en ella era armonía...
El único pero que se le podía poner a Frau Viktoria
era la manera que tenía de conseguir las cosas.
Ella que se consideraba tan justa y equitativa,
elaboraba planes a medida en colaboración
con el ingeniero Bruner.
En teoría eran proyectos filantrópicos
basados en el amor
y en el respeto a otras personas.
En la práctica apelaban
a un instinto de supervivencia
que se hacía presente
ante la visión pesimista del ingeniero
sobre los mundos que se extinguían.
Por ello, cuando Peter trabó trato con ella,
rápidamente se entusiasmó,
crecieron los vivas y los hurras,
se construyó un monumento a su sonrisa,
pero olvidó que era una mujer casada,
que tenía compromisos firmados,
que la seguridad jurídica
era muy importante para Bruner,
que moriría quemando hasta sus últimas naves
en aquel fuego cruzado fratricida
y, que ya sería demasiado
tarde,
para regresar a ninguno de los puertos destrozados,
para todos los combatientes
excepto para Frau Viktoria
que regresaría a las ocho y media puntual,
en el tranvía cuya parada en Einsamkeit Strasse
sería efectiva a tal hora.
De todas formas,
la luz del atardecer bañaba las calles de Berlin
y en un intento por la construcción
de la alegría
Peter salió al balcón a saludar a Frau Viktoria,
cuando regresaba del centro.
Rápidamente se alarmó y, acto seguido,
habiendo llegado a casa
telefoneó a la esposa de Peter,
que era amiga de la infancia,
de esas grandes amigas que se tienen de siempre.
Le contó con peros y señales,
toda la persecución y el acoso al que Peter la había sometido
durante aquellos años.
Frau Julia le contó todas sus sospechas
por las veces que Peter se ausentaba de casa,
en las que creía que la engañaba,
de las cartas de mujeres anónimas que recibía en su buzón,
de las escapadas a media tarde
a las calles donde andaban las prostitutas.
Estaba claro.
Viktoria y Julia habían conectado de nuevo a la perfección
y se consolaban
la una a la otra por sufrir
al malvado de Peter.
El laberinto del afecto
(en el caso de Viktoria, nulo, en el caso de Julia, casi nulo)
no las había llevado a comprender
por qué Peter escapaba.
La vena lírica de Peter era para ambas desconocida.
Después del agravio, en Einsamkeit Strasse, Viktoria Bruner y Julia Schmidt
forjaron su amistad inquebrantable y, de por vida.


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