Yolanda, en sus recién estrenados cuarenta años, era una mujer exuberante y dueña de su destino. En su concepto de amor, ella se colocaba como un péndulo oscilante con respecto a una posición de equilibrio y lo definía en dos velocidades:
La primera velocidad tenía que ver con el ejemplo parental: Héctor y Mariela todavía se querían tras más de cuatro décadas juntos. Cuando ella los miraba, sabía que algo así deseaba para sí misma. Todo el afecto y el cariño infinitos que sus padres se mostraban no era tampoco del todo cierto. La rigurosa escuela de la moral caduca hacía horas extras y la educación tradicional compensaba la escasez del entusiasmo que en otra época hubiera entre ambos. A esta clase de amor se la llamaba costumbre.
Por este motivo, Yolanda siempre estaba alerta para encontrar tras los rincones de la noche o sobre el alfeizar del mediodía a una persona que correspondiera en este sentido, que fuera referente, vínculo innegociable, puerto de mar al que enviar los barcos en la madrugad más profunda y, en cuyos muelles, repostaran mecidos por el rumor de las olas. El viento se reservaba un punto neurálgico donde concentrar todo su significado.
La segunda velocidad provenía del análisis de la realidad concreta: En aquella sociedad actual de comienzo de siglo XXI, había afectos necios que construían amores líquidos, en el sentido en el que los definía el pensador Bauman y, de esta manera, ella creía a piés juntillas que todo amor (yo lo nombraba pasión) venía con su fecha de caducidad desde la fábrica.
En esta idea poco esperanzadora basaba su argumentación y Yolanda se abonaba una vez más a la idea pragmática y bastante realista de un mundo despiadado y hostil en el que asumir la batalla cotidiana.
La primera velocidad tenía que ver con el ejemplo parental: Héctor y Mariela todavía se querían tras más de cuatro décadas juntos. Cuando ella los miraba, sabía que algo así deseaba para sí misma. Todo el afecto y el cariño infinitos que sus padres se mostraban no era tampoco del todo cierto. La rigurosa escuela de la moral caduca hacía horas extras y la educación tradicional compensaba la escasez del entusiasmo que en otra época hubiera entre ambos. A esta clase de amor se la llamaba costumbre.
Por este motivo, Yolanda siempre estaba alerta para encontrar tras los rincones de la noche o sobre el alfeizar del mediodía a una persona que correspondiera en este sentido, que fuera referente, vínculo innegociable, puerto de mar al que enviar los barcos en la madrugad más profunda y, en cuyos muelles, repostaran mecidos por el rumor de las olas. El viento se reservaba un punto neurálgico donde concentrar todo su significado.
La segunda velocidad provenía del análisis de la realidad concreta: En aquella sociedad actual de comienzo de siglo XXI, había afectos necios que construían amores líquidos, en el sentido en el que los definía el pensador Bauman y, de esta manera, ella creía a piés juntillas que todo amor (yo lo nombraba pasión) venía con su fecha de caducidad desde la fábrica.
En esta idea poco esperanzadora basaba su argumentación y Yolanda se abonaba una vez más a la idea pragmática y bastante realista de un mundo despiadado y hostil en el que asumir la batalla cotidiana.
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