No son titulares de prensa,
ni añaden una información nueva,
no son crónica
de un boom y de un crash,
secuencia de interjecciones épicas.
No son informes
de ausencia,
ni las líneas rojas
que traspasan
otros versos que siguen
al primero de los versos.
No son nada de esto:
los poemas.
Dice mi amiga Yolanda,
maestra de educación física
de profesión,
que las mujeres pasados los 40
necesitan sentirse acompañadas,
y
que con los hombres, es distinto.
Pero no le doy la razón, acusándola
de un feroz machismo, y nos tiramos filosofando
muchas horas por este y por aquel motivo
tras la barra de algún bar del centro de Madrid.
Una de las conclusiones a las que llegamos
es que no tiene que ver con el sexo del sujeto en cuestión.
Si no con su autonomía emocional y afectiva.
El apego y la costumbre son fuerzas invisibles,
que junto con el interés forman un pegamento
más fuerte que el amor, siguiendo la interpretación
de Anna Karenina.
Por otro lado, es normal que cuando alguien ha sido herido de muerte,
se refugie tras sólidas murallas.
¿Qué hacer en el caso de que los muros sean débiles
y dejen pasar con facilidad la humedad de un aguacero
o la pobreza tras el umbral de una puerta?
Siempre hay un camino y, si no la hay, uno lo inventa.
No culpemos al viento por moverse hacia un lado o hacia el otro.
No culpemos al escorpión por tener una mordedura venenosa.
Cada uno es fiel a su naturaleza.
Como seres pensantes que deberíamos ser,
aprendemos del ensayo y el error,
incansablemente.
Podemos distinguir el amor cuando es amor
y adherirnos a él o salir huyendo.
Porque el amor ... amigos y amigas... ¡A veces da miedo!
Frente a esto, ¿qué se puede hacer?
Abonarnos al discurso de los acontecimientos y fluir,
simplemente fluir.
Esto no le dice mi amiga Yolanda, pero lo agrego
como un subpoema dentro del poema:
Salí de Berlín por la puerta de atrás,
pensando en quizás un día en volver,
maltrecho y malherido.
Era diciembre. Mientras tanto, ha llovido.
Nadie conocía mi llanto,
y la que lo conocía
estaba más preocupada
de restaurar relaciones,
maquillar acontecimientos,
que de consolar al cautivo.
No era yo un cazador furtivo,
o toda una serie de sustantivos y adjetivos,
que fueron llegando a mis oídos.
Gentes del pueblo que decían bla, bla, bli, bli, blo, blo.
Total, ¿quién dijo que debía ser por todos bien recibido?
Corsario negro a deshoras.
La sinrazón después convino,
que el que había puesto el amor
debía recibir un castigo.
El doble juego cruzado
era difícil de mantener.
Por si lees estos versos, a ti me dirijo:
Puedo decirte que si volviera a empezar,
repetiría
el error en el mismo sentido,
mejorando la técnica,
tomando distancia con el magnetismo de tus ojos
pero ahora no me gusta tu postura inflexible y estática,
discrepo de tu pose ética,
y creo que hay algo de malvado en tu retórica.
¿Quién conduce al que conduce?
Un tierno demonio al otro lado del teléfono, poseído.
Y comprendo su argumento.
El demonio es un Ángel del paraíso expulsado.
¿Completamente paraíso?
¿Completamente expulsado?
A fecha de hoy, eso ya poco importa.
¿Quién conduce al que conduce?
¿Dios? ¿La pareja de?
¿Ambos?
Al otro lado de las verdes praderas,
está la civilización de tierra y asfalto.
Norte y Sur, con su relación de compañerismo.
ni añaden una información nueva,
no son crónica
de un boom y de un crash,
secuencia de interjecciones épicas.
No son informes
de ausencia,
ni las líneas rojas
que traspasan
otros versos que siguen
al primero de los versos.
No son nada de esto:
los poemas.
Dice mi amiga Yolanda,
maestra de educación física
de profesión,
que las mujeres pasados los 40
necesitan sentirse acompañadas,
y
que con los hombres, es distinto.
Pero no le doy la razón, acusándola
de un feroz machismo, y nos tiramos filosofando
muchas horas por este y por aquel motivo
tras la barra de algún bar del centro de Madrid.
Una de las conclusiones a las que llegamos
es que no tiene que ver con el sexo del sujeto en cuestión.
Si no con su autonomía emocional y afectiva.
El apego y la costumbre son fuerzas invisibles,
que junto con el interés forman un pegamento
más fuerte que el amor, siguiendo la interpretación
de Anna Karenina.
Por otro lado, es normal que cuando alguien ha sido herido de muerte,
se refugie tras sólidas murallas.
¿Qué hacer en el caso de que los muros sean débiles
y dejen pasar con facilidad la humedad de un aguacero
o la pobreza tras el umbral de una puerta?
Siempre hay un camino y, si no la hay, uno lo inventa.
No culpemos al viento por moverse hacia un lado o hacia el otro.
No culpemos al escorpión por tener una mordedura venenosa.
Cada uno es fiel a su naturaleza.
Como seres pensantes que deberíamos ser,
aprendemos del ensayo y el error,
incansablemente.
Podemos distinguir el amor cuando es amor
y adherirnos a él o salir huyendo.
Porque el amor ... amigos y amigas... ¡A veces da miedo!
Frente a esto, ¿qué se puede hacer?
Abonarnos al discurso de los acontecimientos y fluir,
simplemente fluir.
Esto no le dice mi amiga Yolanda, pero lo agrego
como un subpoema dentro del poema:
Salí de Berlín por la puerta de atrás,
pensando en quizás un día en volver,
maltrecho y malherido.
Era diciembre. Mientras tanto, ha llovido.
Nadie conocía mi llanto,
y la que lo conocía
estaba más preocupada
de restaurar relaciones,
maquillar acontecimientos,
que de consolar al cautivo.
No era yo un cazador furtivo,
o toda una serie de sustantivos y adjetivos,
que fueron llegando a mis oídos.
Gentes del pueblo que decían bla, bla, bli, bli, blo, blo.
Total, ¿quién dijo que debía ser por todos bien recibido?
Corsario negro a deshoras.
La sinrazón después convino,
que el que había puesto el amor
debía recibir un castigo.
El doble juego cruzado
era difícil de mantener.
Por si lees estos versos, a ti me dirijo:
Puedo decirte que si volviera a empezar,
repetiría
el error en el mismo sentido,
mejorando la técnica,
tomando distancia con el magnetismo de tus ojos
pero ahora no me gusta tu postura inflexible y estática,
discrepo de tu pose ética,
y creo que hay algo de malvado en tu retórica.
¿Quién conduce al que conduce?
Un tierno demonio al otro lado del teléfono, poseído.
Y comprendo su argumento.
El demonio es un Ángel del paraíso expulsado.
¿Completamente paraíso?
¿Completamente expulsado?
A fecha de hoy, eso ya poco importa.
¿Quién conduce al que conduce?
¿Dios? ¿La pareja de?
¿Ambos?
Al otro lado de las verdes praderas,
está la civilización de tierra y asfalto.
Norte y Sur, con su relación de compañerismo.
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