A mi Madre, con todo el amor de su hijo, y el respeto que merece.
Con el espíritu recurrente
de un Edipo herido y contrariado
por tu ausencia,
vengo a hacer un claro ajuste de cuentas,
por si mis versos han llegado a tus oídos
allá donde estés,
en la nada más oscura y absoluta,
o pasando todas las puertas que hay que atravesar
hasta el Cielo,
ya que tú creías en él,
y no te han satisfecho totalmente.
De tí aprendí a mirar por la ventana
del autobús y contemplar el paisaje
a la vuelta de la escuela:
La gran panorámica de Granada
desde la parte alta de la ciudad.
Una torre, un castillo medieval de los árabes,
una madeja de calles
que se desposeían de los adjetivos-etiqueta
de poemas anteriores.
Los colores de la tarde.
La escala cromática de
los rojos encendidos,
sobre la última hora del día
formando un manto de sangre
entre nimbos, cúmulos y estructuras celestes.
De tí aprendí la geografía,
cuando mientras estabas en tu mesa de escritora,
me dabas papel de calco
y calcaba Europa,
¡te encantaba oirme pronunciar los nombres de la península
de Jutlandia y del mar de Azov!
Las banderas de la enciclopedia Espasa,
me las sabía de memoria
y tú presumías delante de la familia
de mis logros.
Simple habilidad, no demasiado especial.
Estas erudiciones cotidianas no eran tan importantes
como cuando me enseñaste a cocinar,
o comprabas cuadernos para la clase de Lengua
para que hiciéramos juegos con las letras.
Contigo descubrí nuestra ciudad,
y me explicabas historias de la Alhambra.
De tí aprendí el gusto por la música y la cocina.
¡Eras maestra en el arte de la cocina!
Dominabas todos los registros.
Éstas eran tus muestras de ternura más rotunda.
Me diste libertad e independencia para moverme por la ciudad,
e iba a la escuela solo desde los diez años.
Gracias por enseñarme a volar.
Gracias por darme el amor que a veces
no tenías para tí misma.
Con el espíritu recurrente
de un Edipo herido y contrariado
por tu ausencia,
vengo a hacer un claro ajuste de cuentas,
por si mis versos han llegado a tus oídos
allá donde estés,
en la nada más oscura y absoluta,
o pasando todas las puertas que hay que atravesar
hasta el Cielo,
ya que tú creías en él,
y no te han satisfecho totalmente.
De tí aprendí a mirar por la ventana
del autobús y contemplar el paisaje
a la vuelta de la escuela:
La gran panorámica de Granada
desde la parte alta de la ciudad.
Una torre, un castillo medieval de los árabes,
una madeja de calles
que se desposeían de los adjetivos-etiqueta
de poemas anteriores.
Los colores de la tarde.
La escala cromática de
los rojos encendidos,
sobre la última hora del día
formando un manto de sangre
entre nimbos, cúmulos y estructuras celestes.
De tí aprendí la geografía,
cuando mientras estabas en tu mesa de escritora,
me dabas papel de calco
y calcaba Europa,
¡te encantaba oirme pronunciar los nombres de la península
de Jutlandia y del mar de Azov!
Las banderas de la enciclopedia Espasa,
me las sabía de memoria
y tú presumías delante de la familia
de mis logros.
Simple habilidad, no demasiado especial.
Estas erudiciones cotidianas no eran tan importantes
como cuando me enseñaste a cocinar,
o comprabas cuadernos para la clase de Lengua
para que hiciéramos juegos con las letras.
Contigo descubrí nuestra ciudad,
y me explicabas historias de la Alhambra.
De tí aprendí el gusto por la música y la cocina.
¡Eras maestra en el arte de la cocina!
Dominabas todos los registros.
Éstas eran tus muestras de ternura más rotunda.
Me diste libertad e independencia para moverme por la ciudad,
e iba a la escuela solo desde los diez años.
Gracias por enseñarme a volar.
Gracias por darme el amor que a veces
no tenías para tí misma.
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