Un cuento alemán - Ein deutscher Geschicht

Las mejores historias no se escribieron nunca en defensa propia. Ni siquiera para rebatir los postulados de la sociedad tradicional de la que hay grandes guías y arquitectos. Se escribieron desde la más firme convicción en el amor a los demás y a la raza humana de la que somos depositarios fidedignos. En nuestro caso, contemplaremos el ejemplo, el caso de una mujer ejemplar que rompió barreras de la convención y del tiempo. Érase una vez una maestra de un colegio de provincias que se llamaba Martha. Trabajaba en un barrio de las afueras de Mannheim, cerca de la Mezquita local. Martha era todo amor por sus alumnos y alumnas, y así lo demostraba cada día, dejándose la piel por ellos y ellas, cemento de la sociedad del futuro. Los niños y niñas tenían diferentes procedencias: El África del Magreb, el África subsahariana, Turquía, medio oriente, Israel, Bulgaría, Rumanía, Armenia, la gran Rusia, Italia, Grecia y Malta. En el proceso de alfabetización elemental casi todos presentaban dificultades a la hora del aprendizaje de la lengua alemana, pero ésto era normal porque la mayoría procedían de familias que no hablaban el alemán en casa y ésto dificultaba el grado de inmersión lingüística. Al salir de la escuela, los niños de familias alemanas y los otros lugares a veces iban juntos al parque cercano. Allí en una lengua mezclada por palabras del alemán, del turco, del árabe, del búlgaro y del resto de lenguas se formaba una aproximación a un código que todos entendían y jugaban en los columpios, a la rueda y al escondite, abrazándose y riendo, libres de cualquier condicionamiento social, de clase, o idiomático.
La familia de Martha votaba al CDU. Lo sabemos: nadie es perfecto y una ideología conservadora no dictamina nada, sobretodo cuando una es maestra y ama a todos los niños y niñas sin distinción de raza, nacionalidad o credo. Pero ésto la condicionaba. Sus mundos paralelos de trabajo y familia eran muy distintos y ella se sentía como una viajera en el tiempo a lo largo del día, en la que tenía que trabajar con diferentes máscaras de cara a la galería. Era un asunto totalmente desgastante.
Un buen día, tras un serio debate interno y unas cuantas discusiones con su esposo que trabajaba como reverendo en la iglesia luterana local decidió hacer la maleta y emigrar a Berlín, ciudad cosmopolita tan diferente de los Länder del Sur, en la que podría ampliar sus horizontes y empezar a desmontar parte del andamiaje de rechazo al diferente que le habían inculcado desde pequeña.
Antes de salir de Mannheim, se despidió de los ríos Rhin y Neckar, y lanzó la biblia a uno de ellos, que ahora mismo no recuerda. Esa biblia que tanto le había hecho amar a los demás pero que al ver la práctica habitual de la cristiandad cotidiana se había convertido en absoluto papel mojado. Dentro de la biblia iban su anillo de casada, su foto de bodas y el carnet de la CDU que su padre el ingeniero Oppenheimer le había dado cuando cumplió los dieciocho años.


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