Un poema casi nocturno

Lo que tanto se sufre sin sueño y por la sangre
se escucha que palpita solamente la rabia,
que en los tuétanos tiembla despabilado el odio
y en las médulas arde continua la venganza.

Las palabras entonces no sirven, son palabras.

Manifiestos, escritos, comentarios, discursos,
humaredas perdidas, neblinas estampadas,
qué dolor de papeles que ha de barrer el viento,
qué tristeza de tinta que ha de borrar el agua.

Las palabras entonces no sirven, son palabras.

Ahora sufro lo pobre, lo mezquino, lo triste,
lo desgraciado y muerto que tiene una garganta
cuando desde el abismo de su idioma quisiera
gritar lo que no puede por imposible, y calla.
Las palabras entonces no sirven, son palabras.

Siento esta noche heridas de muerte las palabras.


Nocturno, Rafael Alberti 


Madrid amanece en Mayo, 
con la incertidumbre 
de un día más 
y ante las noticias 
que me llegan al teléfono 
cambio la Elipa por la Gran Vía
y asunto arreglado. 

Entonces deambulo 
por tiendas de libros de segunda mano,
y buscando uno para mis niños voy a dar con los cuentos de Edgar Allan Poe, 
que me parecen demasiado tétricos para una mente infantil 
y me pregunto si Cortazar en sus entrevistas los recomendaba 
sólo y exclusivamente para adultos. 

Entonces aparece Erich Kästner con la conferencia de los animales 
y a un tal Salvador Montserrat para enseñarnos el arte 
de hacer cometas. 

En ese mismo lugar compré el otro día la tabla de Flandes de Arturo Pérez Reverte, en cuyo lenguaje hay demasiados tópicos, 
un hilo conductor que rechina 
como mecanismo mal engrasado 
formato relato breve de la revista diez minutos y hola 
que colocar en las peluquerías. 
Vale, sólo es mi visión. 
Me estoy pasando. 

Y hay episodios que hasta nos traen una cierta erudición 
sobre los pintores flamencos,
sobre latinismos...
Son curiosas las estampas, 
los detalles técnicos,
excesivo vocabulario para expertos 
que resulta infumable. 

Y entonces 
me planteo... ¿Qué decimos cuando escribimos? 
¿Qué queremos que el público lea tras 
las luces de neón 
de nuestro fastuoso comunicado?

¿Qué mensaje lanzamos al mundo 

qué autorretrato queremos componer 
para su posterior postergación? 

Tras el tibio brindis con la humanidad,
volvemos al folio en blanco. 

¡Y así recursivamente! 

Creo que voy a casa a empezar con Muñoz Molina
porque con él el mundo es más liviano,
y menos recargado
cuando la noche alcanza
al poema,
y lo deja incompleto.




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